Vidas de reinas y princesas del pasado

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Lun Sep 01, 2008 4:32 am

Juzgan a la reina

El sábado 12 de octubre, Maria Antonieta se había acostado como de costumbre, antes que cerrara la noche. De pronto se oyó ruido de cerrojos;
crujió la enorme puerta claveteada de hierro. Los gendarmes iban a buscar a la reina para llevarla a la gran sala de audiencia, la antigua Gran Cámara del Parlamento, donde sesionaba el Tribunal Revolucionario. Maria Antonieta tuvo que sufrir un largo interrogatorio. Sentada en una banqueta y vestida de negro, reconoció a Fouquier-Tinville, que estaba delante de ella. La atmósfera era tenebrosa, sepulcral. Las dos únicas bujías estaban colocadas sobre la mesa del escribano Fabricius;
trabajaba en un manchón de luz, todo el resto de la sala permanecía en la oscuridad y se adivinaban los ojos de los observadores al acecho…

Interrogaban Herman, presidente del tribunal. La pluma del escribano producía un pequeño ruido como el de una lauchita que roía: “…hemos ordenado que conduzcan hasta aquí, desde la Conserjería, a Maria Antonieta viuda Capeto, a quien le hemos preguntado su nombre, edad profesión, país y residencia. Ha respondido que se llama Maria Antonieta Lorena de Austria, de 38 años de edad, viuda de Capeto rey de Francia”.



El presidente Herman se refirió inmediatamente a la parte esencial del interrogatorio. Antes de la Revolución, la reina había tenido ciertas relaciones políticas con su hermano, “las que eran contrarias a los intereses de Francia”. “¿No hizo llegar millones a manos de él?” Y después durante la Revolución ¿no hizo posible por tramar contra la libertad, “de acuerdo con las potencias extranjeras”?

Maria Antonieta se defendió con habilidad, como si comprendiera que el archivo de la acusación era hueco. Entonces se esbozó la contraofensiva del tribunal: hacer aparecer que por su influencia, Maria Antonieta había sido la principal instigadora de la traición de Luís Capeto. Y como a Luís XVI lo habían condenado a muerte…

Usted, prosiguió Herman, fue quien enseñó a Capeto ese arte de profunda disimulación, tras el cual engañó durante tanto tiempo al pueblo francés.

Si es verdad: el pueblo ha sido engañado, y cruelmente, por aquellos que tenían interés en hacerlo. Nuestro interés era iluminarlo y no engañarlo

¿Quiénes eran los que se interesaban por engañar al pueblo?

Ignoro el nombre de estas personas

¿Ustedes deseaban reinar a cualquier precio, aunque tuvieran que subir el trono pisando sobre los cadáveres de los patriotas?

No necesitábamos subir al trono, puesto que estábamos en él.

¿Qué interés tiene usted por las armas de la República?

Lo que deseo ante todo es la felicidad de Francia

¿Cree usted que los reyes son necesarios para la dicha de un pueblo?

Un individuo no puede decidir sobre algo semejante

¿Seguramente usted lamentará que su hijo haya perdido el trono al que pudo ascender?

Jamás lamentaré nada para mi hijo siempre que sea feliz

Ofrecieron en Maria Antonieta a los ciudadanos Tronson-Ducoudray y Chauveau-Lagarde, a fin que le sirvieran de “consejeros y defensores” Ella los aceptó. Los abogados fueron designados en la noche del 12 y advertidos el 13 de octubre de un proceso que debia comenzar el 14 en la mañana.


Chauveau-Lagarde

Chauveau-Lagarde estaba en el campo cuando fueron a prevenirlo. Inmediatamente se apresuró en ir a la Conserjería. Y su encuentro con la reina fue desgarrador. Esta “joven de cabellos blancos, enflaquecida, pálida, pobremente vestida en su prisión oscura y húmeda. He aquí lo que habían hecho de la reina de Francia. Ante los ojos del abogado revivió otra imagen;
veía a Maria Antonieta en medio de su corte, en el esplendor de todo su prestigio. Una adversidad tan inconmensurable lo trastornó oprimiéndole el corazón. Con los ojos anegados en lágrimas, temblando, se echó a los pies de la soberana. Y ella, como si ya nada pudiera sorprenderla, conmoverla, lo tranquilizó, le infundió ánimos, ella, la dulce majestad.

Leyeron juntos el acta de acusación. Sin emocionarse, la reina emitía sugestiones, subrayaba algunas notas. Para estudiar las piezas del proceso, era menester que le acordaran un plazo. Pero a Maria Antonieta le repugnaba pedir algún favor a la Convención. Chauveau-Lagarde tuvo que insistir. ¿Acaso la defensa de la reina no era mas importante que al de su propia persona? Resignada, tomó la pluma: “Al presidente de la Asamblea Nacional: ciudadano presidente… Mis defensores piden tres días de dilación;
espero que la Convención se los acordará”. Ni una palabra de ruego;
Maria Antonieta se pronunciaba como soberana. No le respondieron y se abrió el proceso como se había previsto.

Nada más que la verdad

La audiencia del tribunal revolucionario comenzó el 14 de octubre a las 9 de la mañana. Presidía Herman, rodeado por cuatro jueces. En sus respectivos asientos se veían a Fouquier-Tinville y al escribano Fabricius. La multitud era muy densa. El escribano redactó: “… han introducido a Maria Antonieta, viuda de Luís Capeto, libre y sin esposas, la que ha sido ubicada en el sillón ordinario donde siempre se sientan los acusados, de modo que está a la vista de todos”. Para comparecer ante el público, la reina cuidó su atavió y levantó algo sus cabellos. Su gorro de linón estaba cubierto por un velo de luto. Su pobre cuerpo estaba cubierto por un traje negro muy gastado.



Los jurados se habían instalado en el interior del auditorio;
prestaron el juramento acostumbrado. En seguida le dijeron a la reina que podia sentarse. El escribano leyó el acta de acusación. Tocó el turno a los testigos. Procedieron al llamado nominal y otros juramentos. Los testigos que eran cuarenta pronunciaron la palabra “verdad” consecutivamente unas 120 veces, mas o menos: “… la verdad, toda la verdad, y nada mas que la verdad”. Era demasiado para un juego. Porque este era el juego que precedía a la pena de muerte. Se abrieron los debates.

Un tal Antoine Rousillon relató que habiendo visitado los departamentos de las Tullerias el día 10 de agosto, después de la partida de la familia real, descubrió botellas vacías y otras llenas, que estaban bajo el lecho de la reina. De lo que deducía que la reina le habría ofrecido bebidas, “ya sea a los oficiales suizos o a los caballeros del puñal”

Otro testigo habría visto a Maria Antonieta regresar a las Tullerias cuando volvían de Varennes. Lanzaba miradas “muy vengativas” a los guardias nacionales y a los guardias que se habían reunido allí. Y una simple expresión de su fisonomía fue objeto de un testimonio en su contra.



Una sirvienta, Reine Millo, aseguró que el duque de Coigny le habia asegurado “un día estaba de buen humor”, que la reina había enviado ya mas de doscientos millones al emperador, su hermano. Por lo demás, “había odio decir” que la reina había permanecido quince días encerrada en su dormitorio por orden del rey, quien la había sorprendido con dos pistolas ocultas entre su ropa, con la intención de matar al duque de Orleáns.

Aun en las circunstancias más dramáticas, es raro que no sucedan cosas que provoquen la risa. El presidente interrogó a Perceval, ex ayudante del almirante De Estaing:

¿No usaba usted una condecoración en esa época? (1789).

Usaba la cinta de la orden de Limburgo;
como todo el mundo, había comprado el brevet por la suma de 1500 libras.

El ayudante municipal de Michonis, hombre algo dudoso y que había estado implicado en la “conspiración del clavel”, hizo su autocrítica con suma cortesía: “Perdónenme…, comprendo que cometí una falta…”


Hèbert de joven

Por abyecto que haya sido, el testimonio de Hèbert fue de una estupidez inconcebible. Magnetizado de la asistencia, la reina pulverizó al calumniador. Hèbert miembro de la Comuna del 10 de agosto, entraba constantemente al Temple. ¿Qué es lo que le contaron? Nda menos que el pequeño delfín, precozmente pervertido por su madre y su tía Mme Elisabeth, dormía entre las dos y cometia actos que demostraban que estaba completamente corrompido. Y el infame Hèbert se expresaba de este modo increíble:

Podemos imaginarnos que estos placeres criminales no eran dictados por una naturaleza degenerada, sino con fines políticos, ya que al debilitar el físico de este niño, que un creían que podía ocupar el trono se aseguraban el dominio sobre él.

Cuando Robespierre se impuso de esto (se hacia informar en su casa por sus emisarios), explotó: “¡Este imbécil de Hèbert! Tenia que ser el que pusiera en manos de Maria Antonieta, y a último momento, este triunfo”.



Porque Maria Antonieta que había guardado silencio bajo el ultraje, salió de él cuando la interpeló el presidente:

Si no he respondido, es porque la naturaleza rehúsa contestar a semejante inculpación hecha a una madre. Apelo a todas las que puedan estar presentes.

Ni siquiera se dirigía al tribunal y ya no era la reina quien hablaba. Era la mujer, la madre, que solicitaba el testimonio de otras madres como ella, y que con éste llamado se confundía con ellas todas y al mismo tiempo era más soberana que lo que había sido jamás. La asistencia lo comprendió y lo experimentó intensamente. Fue “el minuto de la verdad”. Bastó que esta frase real, tan profundamente humana, transformara este innoble debate en una apoteosis de los sentimientos humanos. Lo sublime conmovió hasta las “tejedoras”. ¿Iban a aplaudir a la reina? Poco faltó. Ella se dio cuenta e hizo una seña a Chauveau-Lagarde.
Le dijo en voz baja:

¿Acaso puse demasiada dignidad en mi respuesta?

Señora, sea siempre tal como es y estará siempre bien, ¿Por qué me lo pregunta?

Porque oí a una mujer del pueblo que decía a su vecina: “¡Mira que es orgullosa!”

Antes de dejar de mencionar al infame Hèbert, recordemos que su ignominia no le trajo suerte: conducido al cadalso, murió como un cobarde… (Bajo un cuchillo que no debían olvidar ni Herman ni Fouquier-Tinville)


De Estaing

Los debates tomaron un viso grandioso cuando atestiguó el almirante De Estaing. Interrogado sobre las jornadas del 10 de octubre de 1789, dijo que la reina, a quien habían rogado que huyera de Versalles, para librarse de la masacre, con que estaba amenazada, tuvo esta valiente réplica: “Si los parisienses vienen hasta aquí para asesinarme, me encontraran a los pies de mi marido;
¡pero no huiré!”

El ex ministro La Tour du Pin, al que sacaron de su prisión, no fue menos caballeresco en su testimonio: primero le hizo un profundo saludo a la reina y cuando terminó, volvió a hacerle una respetuosa reverencia.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Sáb Sep 06, 2008 3:15 am

El vaso de agua del gendarme

Evocando las prodigalidades de Maria Antonieta, el presidente le preguntó si había firmado bonos sobre la caja del tesorero de la lista civil: “Jamás he firmado bonos”, respondió la reina. El presidente: “Se han encontrado dos. Pero en realidad estos documentos se han perdido;
pero va a oír a los testigos que los vieron”. Estos testigos no tenían muy buena memoria y efectivamente no pudieron mostrar los bonos a que se referían.

Tampoco olvidaron el Petit Trianon: “¿Costó sumas enormes?”. La reina: “Quizás mas de lo que yo hubiera querido;
nos vimos arrastrados en estos gastos poco a poco. Por lo demás, deseo mas que nadie que se sepa todo cuanto aconteció”. Pero el presidente Herman habló de otra cosa;
jamás se supo lo “que había acontecido”…

Por todas partes se oían clamores: “¡De pie! ¡De pie!”. La reina se levantaba, asaltada de inmediato por un sinfín de imprecaciones. “¿Cuándo se cansará el pueblo, suspiraba la infeliz, de mis desmayos?”



A la pregunta ritual: “¿No tiene nada más que agregar en su defensa?”, ella respondió que “ningún hecho positivo” se le había podido inculpar. Y después añadió: “Sólo era la mujer de Luís XVI;
era natural que aceptara su voluntad”

Eran las 4:30 de la mañana del 16 de octubre cuando pronunciaron la pena de muerte. La reina permaneció impasible, “como abrumada por la sorpresa” escribió mas tarde Chauveau-Lagarde, quien agregó: “Descendió las gradas sin pronunciar ni una sola palabra ni hacer un gesto;
atravesó la sala sin ver ni oír nada, y cuando llegó al lugar donde estaba agrupado el pueblo, levantó la cabeza con sin igual majestad”.

Mientras que en la Plaza de la revolución resonaban los martillos de los carpinteros, llevaron nuevamente a la condenada a su celda. El encargado de hacerlo fue el teniente De Busne. La reina tenía sed;
el joven le fue a buscar un vaso de agua y con el sombrero en la mano le ofreció el brazo para ayudarla a descender por la oscura escalera de la prisión.



En su celda, la que iba a morir obtuvo dos bujías y lo necesario para escribir. A Madame Elisabeth: “Le escribo, hermana mía, por última vez. Acabo de ser condenada, no a una muerte afrentosa, porque esta está reservada únicamente para los criminales, sino a reunirme con su hermano. Inocente como él, espero mostrar la misma entereza en mis últimos momentos. Estoy tranquilo como se puede estar cuando nuestra conciencia no tiene nada que reprocharnos… Que jamás olvide mi hijo las últimas palabras de su padre, que se las repito expresamente: ¡Que jamás trate de vengar nuestra muerte! Muero en la religión católica apostólica y romana… Pido sinceramente perdón a Dios… perdono a mis enemigos… Tenia amigos… que sepan que los he recordado hasta mi último momento…” Aquí se detuvo la carta, sin fórmula final ni firma. No se la entregaron a la hermana de Luís XVI. Confiada en las manos del conserje Bault, pasó a poder de Fouquier-Tinville.

La Conserjería 16 de octubre a las 7 de la mañana: la sirviente Rosalía Larmolière, con los ojos enrojecidos reunió todo su valor para entrar en la celda de la reina. Bajo la llama que ya se extinguía y que alumbraba la carta inconclusa, las bujías parecían dos anillos de marfil. Maria Antonieta con vestido negro, estaba recostada sobre su lecho: con la cabeza apoyada en una mano, miraba en dirección a la ventana. En un rincón sentado en una silla, dormitaba un oficial de gendarmería. No era el teniente De Busne, denunciado y encarcelado por no haberse puesto el sombrero ante la reina y por haberle llevado un vaso de agua.



Rosalía, temblorosa: “Señora, usted no comió nada anoche y casi nada durante el día. ¿Qué desea esta mañana?” La reina lloraba: “Hija mía, ya no necesito nada;
para mi todo ha terminado”. Rosalía insistía: “Señora, tengo un caldo bien caliente y fideos;
necesita tener fuerzas;
permítame que le traiga alguna cosa”. Adolorida por tanta simpatía y corazón, Maria Antonieta sollozaba: “¡Y bien, Rosalía, tráigame su caldo!” Y la reina se sirvió algunas cucharadas.

Poco después apareció un sacerdote de una parroquia de Paris: era Girard, cura constitucional, de Saint-Landry. Maria Antonieta se quejó de “un frío mortal en los pies”. Y rechazó su asistencia.

Hacia el suplicio

Cerca de las ocho de la mañana volvió a presentarse Rosalía, para vestirla. Maria Antonieta que sufría de violentas hemorragias, tuvo que deslizarse entre el lecho y la pared para cambiarse de camisa. Inmediatamente se acercó el oficial, y apoyándose en las almohadas quiso observarla. La reina se cubrió inmediatamente los hombros y le dijo con dulzura: “En nombre de la honestidad, señor, permita que me pueda cambiar de ropa sin testigos”. “Es imposible, respondió muy tieso el oficial. He recibido ordenes de no perder de vista ninguno de sus gestos”. La reina imploró con la mirada a Rosalía, quien se colocó de modo de servir de pantalla, lo mejor posible. La condenada se vistió con un traje blanco, puso sus cabellos con un gorro de linón sin luto, y enseguida cruzó sobre sus hombros un fichú de muselina. Llevaba medias negras y zapatos color ciruela.

A las 10 horas llegó el llavero Louis lariviére. Su madre, mujer ya anciana, había servido a la reina mientras estaba detenida. “¿Sabe, Lariviére, que me van a matar? Dígale a su respetable madre que le agradezco sus cuidados y que le pido que ruegue e Dios por mi”.



Maria Antonieta, que oraba de rodillas junto a su lecho, se levantó para recibir a los jueces y al escribano. Todos se descubrieron. Lariviére dejó este relato: Todos estaban muy impresionados. El presidente le dijo: “Ponga atención se le va a leer la sentencia”, y ella respondió: “Esta lectura es inútil;
conozco demasiado bien la sentencia”, “No importa, rebatió uno de los jueces. Esta sentencia tiene que ser leída por segunda vez”

Cuando se hizo la lectura, apareció un joven de tamaño gigantesco: era el verdugo, Henri Sansón (el hijo de Charles Henri, que había guillotinado a Luís XVI). Se acercó: “¡Muéstreme sus manos!”. Maria Antonieta se echó atrás, turbada: “¿Acaso quiere atarme las manos? ¡A Luís XVI no se las ataron!” Los jueces ordenaron a Sansón: “Cumple con tu deber”. “¡Oh Dios mío!”, dijo angustiada la reina. Y con los ojos alzados hacia el cielo, trataba de retener sus lágrimas. El verdugo le ató brutalmente las manos tras la espalda y le sacó la gorra para cortarle los cabellos. ¿Creyó por un segundo que la iban a matar en su celda? Se volvió con presteza y vio que Sansón metía sus cabellos en un bolsillo. (Los quemaron después de la ejecución).



A Luís XVI lo habían conducido al cadalso en carroza. Maria Antonieta pasó por última vez por las calles de Paris sentada en una carreta. Guiada por el verdugo, subió una escala muy corta y se sentó en una tabla afirmada a cada lado del vehiculo, dándole vuelta la espalda al conductor. Junto a ella se sentó el cura Girard. El verdugo iba de pie. Llevaba el sombrero en una mano, mientras que en la otra, en un gesto que puede parecer grotesco, llevaba la cuerda, cuyo extremo estaba atado a los finos puños de la reina.

Desde el amanecer se escuchaba el retumbar de los tambores, que alertaban a los habitantes de Paris. Se habían desplegado 30 mil hombres de tropa, resguardando el recorrido. La carreta avanzaba lentamente. La muchedumbre de Paris pudo verla por últimas vez en sus calles, donde en otros tiempos se habían deslizado las carrozas reales dejando ante su vista una visión de gloria y elegancia.

El actor Gramont precedía el cortejo, haciéndose ver con una espada, la que hacia girar y exclamaba: “¡He aquí a la infame Antonieta!”, y añadía algunos insultos soeces. Pero la reina a quien ya nada bajo alcanzaba, se enterneció al ver a un niñito que desde los brazos de su madre le enviaba un beso con su manita. Frente a la iglesia de Saint Roch, había una cantidad de mujeres con bonetes rojos. Derecha, erguida, pasó la reina. ¿Su alma ya había encontrado la paz suprema? Su fisonomía no demostraba ni temor ni debilidad.



Y tras las rugientes multitudes frenéticas ¡Cuánta indignación doliente! ¡Cuántos silencios angustiosos! Allí estaban desesperados los del complot de última hora, artesanos, comerciantes, obreros, que proyectaban intervenir durante el proyecto. ¡En un sitio convenido iban a irrumpir! Este complot, llamado: “el de los peluqueros”, reclutó gente hasta en los cuarteles. Desgraciadamente este movimiento fue descubierto por la policía y muchos valientes pagaron con su cabeza ésta intención generosa y quimérica.

Llegando por la ex calle Real, el cortejó desembocó en la Plaza de la Revolución (Concordia). Aplaudieron. Aclamaban la República. Sin ayuda, con su mismo paso ágil de otros tiempos, la reina bajó de la carreta. En la plataforma de la guillotina, su pie tropezó con el del verdugo: “Señor le ruego me disculpe;
no lo he hecho a propósito”. Como se importunara, como si se sorprendiera de haber conservado tanto tiempo su existencia física, ¿habrá que comprender que ella se excusaba por haber molestado a tanta gente para que asistiera a su partida de este mundo?

En esta tibia mañana de principios de otoño, un cuarto de hora después de mediodía, murió bajo el cuchillo de la guillotina, la última reina de Francia y de Navarra.



Se ha dicho que Maria Antonieta recibió los auxilios religiosos antes de morir. Un sacerdote no juramentado, el abate Magnin, que ejerció su ministerio hasta en las prisiones durante la Revolución y que se ocultaba bajo el nombre de “monsieur Charles”, se habría introducido en la celda de la reina, probablemente vestido de guardia nacional.

FIN

Pedroro
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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por lord carlos de colombia el Dom Mayo 02, 2010 5:01 pm

hola todos bueno me parecio interesante el foro ..pero creo que para hacerlo mas largo.jijijiij yo tengo un grupo de princesas que moldiarian la historia de la monarquia , me gustaria que hablaqran de ellas , son las siguientes:

ana de austria(reina de francia)
isabel de inglaterra(reina de inglaterra)
cristina de dinamarca(reina de dinamarca)
juana princesa de francia( reina de francia)mas conodida como la coja
juana de castilla y aragon( reina plenipotenciaria de españa)
archiduquesa de austria-conocidad como la loca
isabel de austria(archiduquesa de austria -hermana de carlos v/reina de dinamarca)
maria luisa de orleans(reina de españa)
margarita de valois(ultima de esta rama reinate de francia,casada con enrique de borobn rey de navarra y primer borbon que siñe la corona francesa)
enriqueta de francia (reina de inglaterra)
ana de jaguellon/casada con fernando de austria

bueno por el momento esa por que tengo un listado mortal de princesas todas casadas a muy temprana edad...y muertas muy jovenes..pero que dejaron su legado en la historia de las monarquias Cool

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Invitado el Mar Feb 15, 2011 12:42 am

Charlote y Victoria de Prusia
Amelia de Portugal
Zita de Borbón - Parma,
María Antonieta.

ME HA ENCANTADO!!!!!!!!!!!!!!!
Que fotografías, es como viajar en el tiempo.....
Hay que continuar...

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por kanon1977 el Miér Mar 02, 2011 5:12 pm

Traigo a colasión un tema que no se, si se puede colocar en este hilo, pero creo que sí, en vista que de hablar de reinas del pasado..., espero os guste mucho.

Reinas destronadas


AUTOR: Mari Rodríguez Ichaso

Sep. 02, 2009



¿Qué es más humillante: no llegar a ocupar un trono que parece estar al alcance de la mano -como podría ser el caso de Kate Middleton si no se casa con el príncipe William de Inglaterra- o perderlo después de tener sus privilegios?



Para muchas mujeres famosas, como Farah Diba de Irán, Ana María de Grecia, o la propia Noor de Jordania, lo segundo ha sido su destino, y es interesante ver cómo han enfrentado la pérdida de sus títulos, sus coronas y sus palacios.



Recientemente vi un documental fascinante titulado La reina y yo (The Queen and I), hecho por la joven cineasta iraní exiliada Nahid Persson Sarvestani, que exploró con minucioso detalle, durante año y medio, la vida de la ex emperatriz Farah Diba en su apartamento de París y en su casa de las afueras de Washington DC. Quedé muy impresionada con la elegancia natural y conformidad que ha tenido Farah -ahora de 70 años, y todavía guapa y muy chic- al adaptarse a una vida nueva, muy lejos del lujo paradisíaco de la corte de Teherán y su suntuosa existencia junto al sha Mohammad Reza Pahlevi, antes de la revolución radical que los echó del trono de Irán en 1979. En el documental, que fue exhibido en el último Festival de Cine de Sundance, vemos a Farah -que aunque sigue viviendo con gran comodidad, su estilo de vida es una fracción de lo que fue el anterior- haciéndose un café en su cocina de París, en un mercado en Washington DC comprando especias persas, o sentada en un café parisino, sin guardaespaldas ni nadie que la proteja, y sin importarle las miradas de los que la reconocían.



No hay duda de que Farah, quien era una joven estudiante de arquitectura de solo 21 años cuando se casó con el Sha, y quien llevó el titulo de Shahbanou o Emperatriz a partir de la suntuosa coronación como emperadores en 1967, es un ejemplo de quien ha perdido el trono y todo tipo de concesiones, y ha sabido rehacer su vida con gran dignidad, dedicada a sus hijos y a sus asociaciones de caridad que ayudan a los iraníes en el exilio. La trágica muerte en el 2001 de su bella hija Leila, de 31 años, marcó para siempre la vida de Farah. Ella tiene un sitio web donde su vida pasada y presente están relatadas día a día. ¿Algo muy curioso? Farah Diba ha confesado que al ser expulsada de Irán dejó atrás todas sus joyas, incluyendo las que eran suyas antes de casarse, y se llevó su vida entera "
en una sola maleta"
.



Como contraste a esta vida, recuerdo a la bella princesa Soraya, la esposa anterior del Sha, a quien Farah sustituyó cuando el Soberano se divorció de ella por no poder tener hijos que heredaran el trono. A Soraya la conocí en una cena en la embajada americana en París, y me impresionaron su cara y su actitud de absoluto tedio y tristeza, con aquellos enormes ojos verdes, siempre misteriosos y melancólicos, mientras bebía copa tras copa de vino, sin hablar mucho durante la noche. Cuando en 1958 Soraya Esfandiary -quien había conocido al Sha cuando era estudiante en un internado suizo, con solo 16 años- perdió el trono por infértil, tenía apenas 25 años, y a pesar de que se decía que su marido, el sha de Irán, la amaba desesperadamente y ella le correspondía de igual forma, fue echada de la corte sin muchas ceremonias, de una manera muy cruel, aunque se trató de darle al hecho un tono civilizado. El mundo lloró por ella, siendo una de las primeras historias de amor que la prensa internacional cubrió con todo detalle y por largo tiempo.



Princesa Soraya



Al casarse con sólo 18 años, Soraya se había convertido en la reina consorte o Malake y segunda esposa del Sha, y cuando perdió el trono sufrió tanto, que se fue a vivir a Alemania (su madre era alemana-rusa y su padre iraní) y después a París, aunque el Sha trató de retenerla en Irán a toda costa. Los chismosos decían que Mohammad Reza Pahlevi deseaba que Soraya continuara siendo su amante, porque incluso lloró cuando anunció al pueblo iraní su decisión de divorciarse de ella, aunque ya buscaba una nueva esposa y un posible príncipe heredero;
pero la chica -quien oficialmente siguió siendo por órdenes de su ex marido, Su Alteza Imperial, la princesa Soraya de Irán- incluso se negó a firmar que estaba de acuerdo con que su esposo se volviera a casar, aunque con el tiempo obedeció al Sha, haciendo "
un sacrificio por el bien del país"
. Soraya recibía dinero que él le pasaba mensualmente, hasta que los revolucionarios sacaron a la familia Pahlevi del trono en 1979, y al morir el Sha en 1980, en El Cairo, Egipto, ella perdió toda ayuda económica. Esto demostró que el empeño del Sha de tener un heredero varón para el país fue en vano, y el divorcio del amor de su vida fue un sacrificio inútil.



La princesa Soraya pasó el resto de su vida entre París, Roma y Marbella, llevando una vida frívola, yendo de fiesta en fiesta, fracasando en su intento de ser actriz de cine y siempre con una nube de tristeza a su alrededor. Cuando Franco Indovina, el director de cine italiano con quien tuvo una larga relación amorosa, murió en un accidente de aviación, Soraya dijo: "
La tragedia me persigue"
, y nunca más se le conoció otro amor. La Princesa murió en su apartamento de París en el año 2001 a los 69 años, de causas naturales que nunca han sido dadas a conocer, aunque se rumoró que había sido un suicidio o una sobredosis accidental de pastillas para dormir. Una semana más tarde también moría inesperadamente su único hermano, quien al saber de la muerte de Soraya había dicho: "
Ya no me queda nadie con quien poder hablar"
. Su tumba en Munich, Alemania, junto a la de sus padres, ha sido profanada varias veces por islamistas radicales con el cruel grafiti: "
De los 25 a los 69 años sin trabajar"
.



La reina Noor de Jordania, al convertirse en viuda del rey Hussein, es otra royal famosa que ha sabido dejar el foro de su anterior vida, donde ahora los grandes protagonistas son su hijastro, el rey Abdalá, y su esposa, la reina Rania. Muy correctamente ha empezado una nueva existencia llena de trabajo, dirigiendo la Fundación Noor Al-Hussein y escribiendo libros y memorias, aunque muy unida al mundo de la política internacional, donde se mueve como un pez en el agua. La estadounidense Lisa Halaby, conocida después de su matrimonio en 1978 como la reina Noor de Jordania (su padre era de origen sirio y su madre de origen inglés y sueco), vivió una verdadera historia de amor al convertirse en la cuarta esposa del rey Hussein, con quien tuvo cuatro hijos y un matrimonio feliz, que la convirtió en Noor Al-Hussein (que significa "
la luz de Hussein"
), una reina muy querida, que hizo mucho por su país de adopción, en especial por mejorar los derechos y el estilo de vida de las mujeres jordanas.



Reina Noor de Jordania



Al morir su marido en 1999 y heredar el trono su hijastro Abdalá, el hijo mayor de Hussein, Noor quedó como la Reina Madre, y aparentemente todo estaba muy bien, pero enseguida se comentó que la nueva reina Rania no deseaba la competencia de su bella e inteligente casi-suegra, y que Abdalá quería que su madre (la inglesa Antoinette "
Toni"
Gardiner, segunda esposa de Hussein y conocida desde entonces como Su Alteza Real la princesa Muna Al-Hussein) tuviera más relevancia real y estuviera en todas las actividades de la corte, ya que había desaparecido de la misma al casarse Hussein de nuevo.



Dicen que a Noor esto no le hizo mucha gracia, y también que ella resintió el hecho de que su hijo mayor, el príncipe Hamzah, quien había sido por varios años el príncipe heredero de la corona, perdiera el derecho al trono -fue eliminado totalmente al nombrar Abdalá a su hijo mayor como su heredero-. Muchos piensan que los rollos de la corona deben haberle hecho comprender a Noor que su vida sería mucho más feliz lejos de tantas intrigas reales, y se fue a vivir a los Estados Unidos. Ella sigue llevando oficialmente el título de Su Majestad, reina Noor de Jordania, y su vida es muy cómoda, aunque nunca tan lujosa y poderosa como la que tuvo en Jordania por 21 años. Por cierto tiempo se ha rumorado que Noor mantiene una estrecha amistad con el poderoso millonario mexicano Carlos Slim Helú, con quien comparte raíces étnicas, el hecho de que ambos son viudos y un enorme interés en labores filantrópicas a nivel internacional.



Rey Abdalá y su familia



¿Y qué decir de la princesa Muna, quien a los 20 años dejó de ser Toni Gardiner, una sencilla chica inglesa, para convertirse en reina? Pues que por uno de esos giros del destino, y gracias a lo mucho que la adora su hijo, el rey Abdalá, la han vuelto a llevar al corazón de una corte donde reinara por 10 años, desde su matrimonio con Hussein en 1961, con quien tuvo cuatro hijos, hasta su divorcio en 1971, cuando el muy enamorado Hussein quiso casarse con la reina Alia (quien murió después en un accidente aéreo).



La reina Ana María de Grecia, quien en agosto cumple 63 años, es la esposa del ex rey Constantino de Grecia y princesa danesa por derecho propio, además de ser cuñada de la reina Sofía de España y hermana de la reina Margarita de Dinamarca. Ana María es otra reina que por razones políticas perdió su trono en 1967, y desde entonces vive en el exilio.



Según rumores que siempre han existido, la ex familia real de Grecia ha estado pasando muchos problemas económicos para mantener un estilo de vida al que todos estaban acostumbrados, por lo que ha tenido que recibir ayuda financiera de la nobleza europea. Ana María, quien era la princesa Ana María Dagmar Ingrid de Dinamarca, al casarse muy enamorada con el joven Constantino de Grecia, pasó a ser en 1964 la reina Ana María de Grecia, aunque ha vivido desde 1967 entre Roma y Londres, llevando una vida bastante discreta. Según los chismosos, se comenta que desde que su hijo, el príncipe heredero Pablo, se casara con la millonaria heredera Marie-Chantal Miller (hoy en día llamada princesa de Grecia y una mujer feliz con cinco principitos), la fortuna de los Miller ha ayudado mucho a mejorar el estilo de vida de los ex Reyes.



Ana María y Constantino



En 2002, ellos establecieron una fundación en la que trabaja mucho Ana María, y llevan sus títulos como cortesía de la nobleza, porque desde 1975, en Grecia los gobernantes anularon los títulos y derechos reales de la familia. Muchos griegos dicen que debía ser llamada Ana María Glücksburg (apellido de su dinastía danesa), pero en muchas cortes europeas respetan su título real y su pasaporte danés.



Tanto Ana María como su marido Constantino -quien nunca ha abdicado al trono- y su cuñada, la reina Sofía de España, han regresado a Grecia muchas veces, un país donde han sido recibidos con cariño y cordialidad.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Invitado el Miér Mar 02, 2011 5:55 pm

Kanon, me parece fantástico e intersántisimo. ¿Por qúe no abres un hilo con ese título? o Reyes y Reinas destronados. Sólo con los que has puesto en el anterior post tienes para años. Anímate!!!!!!!!

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por kanon1977 el Miér Mar 02, 2011 6:02 pm

Gracias por tu comentario FERRAGUT VERA LAURA, claro que lo hare, sólo deseo que me digan como se puede hacer esto, a quien tengo que pedirle permiso para abrirlo, en pocas palabras que me ayuden a desarrollar este bonito tema.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Invitado el Miér Mar 02, 2011 6:25 pm

Kanon vas al principio del hilo
Personajes históricos de la Realeza (Creo es el lugar adecuado, otra idea puede ser abrir un rey o reina destronada dentro de cada casa real, pero a efectos prácticos pienso que no te va a resultar cómodo. Pero hazlo como quieras, el tema se abre de la misma manera, clickando al final de cada foro príncipal)

Te vas abajo de todo donde te saldrá un cuadro en el que pone "
nuevo tema"
, clickas ahí y sólo tienes que rellenar los campos que te pediran. Si tienes algún problema dímelo.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

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