Vidas de reinas y princesas del pasado

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Lun Jul 28, 2008 10:52 pm

Disculpen, pero creo que tardare un poco, son 10 capitulos y recien termine el segundo. Soy un poco lento transcribiendo, pero haré lo que pueda

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por druxa el Mar Jul 29, 2008 6:58 pm

PEDRORO LO HACES FANTASTICO, CASI TAN BIEN COMO CUANDO TE ROBAS MIS JOYAS TAN PRECIADAS, ;
)
TE FELICITO, DE CORAZON.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Jue Jul 31, 2008 2:20 am

EL COLLAR DE LA REINA

Esta estafa fue cometida por una aventurera de una desfachatez increíble: Jeanne de La Motte, hija de Jacques de Saint Remy, barón de Luze y de Valois. Descendía en línea directa de un hijo natural legitimado de Enrique II, y vivía bastante miserablemente en los alrededores de Bar-le-Duc. De generación en generación, los Saint Remy, gentileshombres, campesinos, cazadores, a veces furtivos, merodeadores, habían tenido que vender sus tierras y el padre de Jeanne, después de haber seducido a la hija del conserje de su castillo, se había casado con ella y murió en Paris en el año 1760, definitivamente arruinado, dejando una numerosa prole.



Su viuda que era de una moralidad deplorable se desinteresó de sus hijos, que se vieron reducidos a mendigar. La pequeña Jeanne imploraba a los transeúntes diciendo:

Piedad para una huérfana de la sangre de los Valois…

De este modo se dirigió un día a la marquesa de Boulainvilliers quien, intrigada, hizo una investigación sobre la genealogía de la chica y muy compasiva se encargó de su educación. Después de colocarla en Passy, quiso que aprendiera un oficio, pero la niña, de carácter voluble, fue sucesivamente lencera, lavandera, cocinera y aguatera. Mme de Boulainvilliers la llevó nuevamente a su casa;
hizo que completara su instrucción en la abadía de Longchamp donde admitan a las hijas de familias distinguidas y obtuvo, basándose en su origen, una pensión de 800 libras que salían de los cofres reales. En 1779 tenia 23 años y antes de decidirse a ingresar a un convento, prefirió dirigirse a Bar-sur-Aube donde se hizo acoger por una familia honorable. Conoció a un señor de La Motte, joven oficial del ejercito y como esperaba un hijo de él, La Motte se casó con ella. La boda se efectuó el 6 de junio de 1780 y el 6 de julio de ese mismo año nacieron dos mellizos, los que murieron poco tiempo después. Los jóvenes esposos se habían adornado con el titulo de conde y de condesa.

Los La Motte estaban de guarnición en Luneville, pero esta residencia donde habían contraído numerosas deudas, no convenía a su ambición. Habiéndose impuesto de que su bienhechora Mme de Boulainvilliers estaba de paso en Saverne en al casa del cardenal de Rohan, la condesa fue a saludarla y se hizo presentar al prelado en 1781.


Cardenal de Rohan

En esa época el príncipe Louis de Rohan estaba en desgracia. No había tenido éxito cuando había sido enviado a Viena como embajador. Su lujo, su liviandad, su vida mundana, habían disgustado a Maria Teresa y ésta había comunicado su antipatía a su hija Maria Antonieta. No obstante era un gran señor, muy rico, titular del arzobispado de Luxemburgo, príncipe del Imperio, landgrave de Alsacia, abate de los monasterios de la Chaise-Dieu y de Saint-Vaast, gran capellán de Francia, comendador de la Orden del Espíritu Santo y pertenecía a la Academia Francesa desde 1761.

Muy mundano y frívolo, recibía frecuentemente tanto en su castillo de Salerne cono en su palacio de Paris, La condesa de La Motte era una mujer muy seductora y se hizo acoger con sumo agrado. Obtuvo para su marido un diploma de capitán de los dragones de Monsieur, hermano del rey. Ya solo le faltaba conquistar la capital.

Sus estrenos fueron más bien modestos. Los La Motte comenzaron por habitar en el hotel, pero la condesa, para acercarse mas a la Corte, arrendó dos habitaciones amobladas en Versalles. La pareja vivía sobre todo de expedientes. Pidió dinero en préstamo diciendo que como descendiente de los Valois, pronto le restituirían los bienes que le habían usurpado;
compraba a crédito mercaderías que en seguida empeñaba. Cuando la situación era demasiado critica, se dirigía al cardenal. Del departamento amoblado, la pareja se trasladó, en 1784, a una residencia particular, en la calle Neuve-Saint-Gilles. Frecuentemente les embargaban el mobiliario, el que alcanzaban sujetar a última hora, pero a pesar de todo, los La Motte acrecentaban sin cesar sus relaciones y recibían a los grandes financistas, funcionarios de la Corte y oficiales. La condesa tenía como secretario a su amante, Rétaux de Villete, hijo del director de impuestos de Lyon.


Retaux

Como esta situación inestable no podía durar, a ala condesa se le ocurrió aumentar su crédito con Rohan, haciéndole creer que ella podía reconciliarlo con la reina. El prelado era ambicioso y sufría al verse al margen de la Corte. Muy crédulo, era fácil de mistificar. ¿Acaso no se había dirigido a Cagliostro de cuyo poder mágico no dudaba? Estaba pronto a creer cualquier cosa con tal de recuperar el favor de su soberana.

Jeanne de La Motte lo persuadió de que gozaba de todas las simpatías de la reina. Ahora nadie pone en duda que Maria Antonieta ignoraba todas las maquinaciones de la intrigante. Hasta es probable que no la haya visto jamás, opero hay que reconocer que la inconsciente ligereza de la reina facilitaba enormemente el juego de la aventurera.

Si efectivamente Maria Antonieta mostró una gran firmeza de carácter y una sin igual nobleza de alma cuando fue victima del infortunio, durante su periodo dichoso se mostró inconsecuente, irreflexiva y preocupada, ante todo, de los placeres.



La farsa del bosquecillo de Venus

Sus favoritas, especialmente Mme de Polignac, a quien cubría de bondades, había hecho de la reina un instrumento para obtener favores. Los gastos de Maria Antonieta en vestuario y joyas eran escandalosos. Jugaba mucho y perdía bastante y esta pasión la ponía al alcance de muchas que se aprovechaban de ello. Para ser admitido al juego de la reina bastaba estar bien vestido y ser presentado por un oficial d la Corte. Hacían trampas. Una noche hubo un altercado bastante vivo entre la condesa de Gramont y el duque de Fronsac, que se acusaban el uno al otro de alterar la suerte en el juego. Para impedir que falsearan las apuestas fue necesario rodear la mesa con una cinta y establecer que sólo el dinero que estaba mas allá de la cinta era tomado en cuenta.



Y de este modo conseguía deslizarse en torno a Maria Antonieta un buen número de gente sospechosa que ella no conocía y que, en cambio, se jactaba de contarse entre sus amigos íntimos. Muchos pillos se aprovecharon de la situación para hacer estafas. Una dama, Cahouet de Villiers, que pretendía haber tenido relaciones con Luís XV, fabricó cartas falsas de la reina para conseguir un crédito del administrador general y de un joyero. La superchería fue descubierta y la Cahouet de Villiers enviada a la Bastilla. Y así se conocieron varios casos.

¿Figuraba la condesa de La Motte entre las que asistían a la mesa de juegos? No hay pruebas, pero es muy posible que así haya sido. En todo caso está comprobado que consiguió introducirse al palacio, porque en enero de 1784, la descendiente de los Valois había conseguido que elevaran su pensión de 800 a 1200 libras. Y jactándose de sus relaciones con la reina, prometió al cardenal reconciliarlo con la soberana y en prueba de ello lo convenció de que obtendría una audiencia secreta de la reina en el parque de Versalles.



Para esto hizo contratar por su marido, en Paris, a una muchacha de dudosa virtud que tenia cierta semejanza física con la reina y a quien bautizó como baronesa de Oliva. El 11 de agosto de 1784 la hizo llevar a Versalles, la vistió con ropas parecidas a las que usaba Maria Antonieta y cuando cayó la noche, la sentó en un banco en el bosquecillo de Venus. Naturalmente que también había convocado a Rohan para que fuera al mismo sitio. Trastornado de emoción se acercó el príncipe de la Iglesia a la que él tomaba por la reina, se inclinó hasta el suelo y besó el borde de su vestido. No tuvo tiempo para conversar con ella, porque en ese mismo instante apareció un lacayo, que era Rétaux, que desempeñaba este papel y dijo sin aliento:

¡Pronto, pronto, vienen Monseñor el conde y Madame la condesa de Artois!



La seudoreina huyó por un lado y el cardenal fue llevado al otro extremo del parque por la condesa de La Motte.

Desde ese momento, Rohan estaba perdido. Orgulloso por haberse reconciliado con la reina se convirtió en un juguete ciego y sin defensa en manos de la condesa. Desde el 21 de agosto la condesa le extorsionó 50.000 libras, “porque, le dijo, la reina precisaba ese dinero para socorrer a una familia de gentileshombres necesitada”. Gracias a este obsequio y otros que consiguió mas adelante, la pareja de La Motte se compró una hermosa residencia en Bar-le-Duc. La condesa mostró repetidas veces al prelado falsas cartas de la reina escritas por Rétaux, en un fino papel azul con flores de lis. Pero estos eran los preliminares: preparaban la gran estafa.



Dos joyeros asociados, Böhmer y Bassenge, habían reunido durante muchos años un gran numero de maravillosos brillantes, con los que habían ejecutado un collar de inmenso valor. Pensaron que podía adquirirlo Luís XV para la du Barry, pero al muerte del rey los hizo renunciar a este proyecto. Lo ofrecieron a la corte de España, pero lo encontraron demasiado caro. En 1774 se lo mostraron a Luís XVI, pero lo rechazó a causa del estado de las finanzas. El precio era de 1.600.00, suma inmensa en aquellos tiempos. En vano los joyeros habían insistido, pero sin éxito.



A fines de 1784 llegó a oídos de la condesa de La Motte esta historia del collar. Inmediatamente imaginó una combinación para hacer creer que ella servia de intermediaria de la reina. El 29 de diciembre se hizo mostrar el collar. Rohan se encontraba entonces en Saverne. Regresó a Paris en enero. El 21 de enero hizo saber a los joyeros que la reina estaba muy tentada y haría comprar el collar por una persona enviada por un gran señor. Por otro lado dijo al cardenal de Rohan que la reina le pedía que comprara secretamente la joya y que ella se lo pagaría a plazos. El 24 de enero, Rohan fue donde los joyeros y les dijo que compraba el collar. El 29 de enero los señores Böhmer y Bassenge visitaron al cardenal para discutir las condiciones de la venta. Rohan escribió con su mano el contrato: el collar seria entregado el 1 de febrero por la suma de 1.600.00 libras, que se pagarían en el plazo de dos años;
una cuarta parte cada seis meses, debiendo efectuarse el primer pago el 1 de agosto.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Jue Jul 31, 2008 4:42 am

Cenicienta, creo que no alcanzo a terminar la historia antes de que vuelvas de tu luna de miel, asi que aca te estará esperando je je.
Que bueno a Edith tambien le guste. Yo solo la transcribo pero lento lento

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por CENICIENTA1971 el Vie Ago 01, 2008 2:22 am

PEDRORO, TRANQUILO, VE A TU RITMO QUE YO ESTOY PENDIENTE A MI PRINCIPE Y A MI NOS FASCINAN TUS HISTORIAS!!!!

TE CUENTO EL LAS COPIA EN SU ORDENADOR PARA LEERLAS EN LOSMOMENTOS DE OCIO (QUE SON MUY POCOS)!!!!

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Mar Ago 05, 2008 2:15 am

El triste destino del collar

El mismo día, Rohan entregó el contrato a la condesa de La Motte, quien lo devolvió al cardenal dos días mas tarde;
en cada párrafo se había escrito al margen la palabra “aprobado” y firmaba abajo: “Maria Antonieta de Francia”. Estas menciones las escribió Rétaux. Cagliostro, consultado por el cardenal sobre el valor del acta, hizo algunos sortilegios y declaró que la negociación era digna del príncipe, que tendría un gran éxito y que sellaría para siempre su amistad con la reina.

Completamente tranquilizado, Rohan convocó a los joyeros el 1 de febrero;
les mostró el acta firmada por la reina y se hizo entregar el collar. Inmediatamente que estuvo en posesión de este tesoro, se dirigió a Versalles y aguardó a la condesa. Durante la entrevista, se presentó Rétaux, precedido de un lacayo y anunció:

¡De parte de la reina!

Rohan reconoció al hombre que los había prevenido de la llegada de la condesa de Artois en el bosquecillo y no dudó de que era el servidor de confianza de la reina y le entregó el collar.

Había caído en la trampa.



Tan pronto como los picaros se encontraron solos, se dedicaron al pillaje. Desmontaron las piedras con ayuda de un cuchillo. Algunos días más tarde, Rétaux vendió los despojos de la montura y después ofreció los brillantes a un joyero de Petit-Carreau. Este, sorprendido por el precio tan bajo de las piedras, advirtió a la policía. Detenido Rétaux, dijo que había recibido esas piedras de manos de una dama de calidad. Como no se había denunciado ningún robo, no buscaron más y lo pusieron en libertad. Pero había pasado un buen susto. Por este motivo renunciaron a vender las piedras en Francia, y el conde de La Motte partió a Inglaterra donde se puso en contacto con los joyeros de Londres. Estos, sorprendidos del numero de brillantes y del vil precio que exigían, previnieron a la embajada de Francia que respondió que no se había hecho ningún reclamo por algún asunto relacionado con joyas.

Los joyeros compraron y La Motte regresó a Paris llevando una fortuna y dejando como reserva en Londres una multitud de piedras que aun no había vendido.

Y aquí hay actuaciones que nos dejan estupefactos. Podríamos pensar que los pillastres se habían dispersado después de haber conseguido una fortuna, ya que evidentemente tendría que descubrirse la estafa. En lugar de esto, el conde y la condesa de La Motte, súbitamente ricos, adquirieron carrozas, caballos y un mobiliario muy importante. Se necesitaron 42 coches de carga para transportar todo a Bar-sur-Aube. Fueron unos gastos fastuosos. ¿Como se puede explicar esta imprevisión ante la certeza de una catástrofe? Es de imaginarse que la pareja pensó que bajo la amenaza de un escándalo, Rohan pagaría y no osaría quejarse.




Pero el cardenal e preocupó al ver que la reina no lucia el collar. Quizás se consoló pensando que como la compra había sido secreta no se atrevía a mostrarlo tan pronto.

Sin embargo, el primer vencimiento de 400.000 libras estaba acordado para el 1 de agosto. Las cosas se precipitaron. En julio, la condesa dijo a Rohan que pensándolo bien la reina encontraba demasiado elevado el precio y exigía una rebaja de 200.000 libras. Lamentándolo pero tuvieron que aceptar. El 12 de julio, Böhmer tuvo ocasión de entregar a Maria Antonieta unos aros de brillantes y no se atrevió a hablarle del collar, pero le entregó una misiva muy adornada para expresarle su satisfacción, “porque el aderezo más bello que existía serviría a la mejor y la más grande de las reinas”.

Maria Antonieta no comprendió y destruyó la carta.

Tal como lo había dicho acertadamente Funk-Brentano, si en ese momento Maria Antonieta hubiera pedido una explicación de la carta, se habría descubierto la estafa y se habría reducido a sus justas proporciones. Su silencio permitió que la calumnia la hiciera parecer como cómplice del fraude.



La proximidad del 1 de agosto los obligaba a tomar medidas para evitar el peligro. El 31 de julio la condesa le mostró a Rohan una falsa carta de la reina en la que advertía que estando escasa de fondos, pedía que postergara el pago de la deuda hasta el 1 de octubre. Al mismo tiempo, enviaba 30.000 libras d interés en compensación por el atraso. Rohan no sospechó nada aun, y avisó a los joyeros quienes verdaderamente inquietos decidieron dirigirse personalmente a la reina. Advertida sin duda Mme de La Motte, entregó 4.000 libras a Rétaux para que huyera a Italia. Y con una audacia increíble, fue a ver a los joyeros para decirles que las anotaciones hechas al margen del acta y la firma de la soberana eran falsas, Rohan los había engañado.


Conde de La Motte huye a Inglaterra

Bassenge espantado se dirigió a Versalles y encontró a Mme de Campan, camarera de la reina, a la que confió sus preocupaciones. Mme de Campan informó a Maria Antonieta, quien hizo llamar a Bassenge el 9 de agosto y le rogó que le relatara todas las circunstancias del asunto, por escrito. Le llevaron el informe el 12 de ese mismo mes. Con los antecedentes, el rey reunió un consejo, y el 15 de agosto, día de la Asunción, en el momento que se preparaba para celebrar el oficio, el Gran Capellán fue detenido, ante toda la corte por el duque de Villeroi, capitán de la guardia de corps, y enviado a la Bastilla. El 18 de agosto detuvieron a Juana de La Motte en Bar-sur-Aube donde ofrecía recepciones sin la menor inquietud. Su marido, que provisoriamente había quedado en libertad, aprovechó para huir a Londres. Un poco mas tarde tomaron pesa a la baronesa de Oliva, que había escapado a Bruselas. Se reunió en la Bastilla con Cagliostro y su mujer. Después le llegó el turno a Rétaux a quien encontraron en Ginebra. Solo escapó el conde de La Motte, porque Inglaterra negó la extradición.

Absuelto Rohan se exiló



El escándalo fue enorme. Inmediatamente se dividió la opinión pública. Muchos se pusieron en contra de la reina que tenía enemigos. Rohan, cuya familia era poderosa, también contó con muchos partidarios, que lo proclamaron victima, El parlamento recibió el encargó de instruir el proceso. Se discutió durante 4 meses. La condesa se defendió con una desfachatez desconcertante.

Negó la escena del bosquecillo y después pretendió ser la amante de Rohan, quien, según decía ella, había fraguado toda la historia, porque estaba corto de fondos. Cagliostro, charlatán de genio, aportó en su proceso la nota cómica con sus exuberantes declaraciones dichas en un francés mezclado con italianismos. Las confesiones de Oliva y de Rétaux permitieron aclarar la estafa.


Cagliostro

Sin embargo los acusados publicaron memorias justificativas que fueron diseminadas por todas partes. Libelos, epigramas, canciones, contribuyeron a aumentar el escándalo, atacando particularmente a la reina, que sufrió muchos ultrajes. La prensa de Holanda y de Inglaterra también esparció estas calumnias. Las imprudencias de Maria Antonieta en otros tiempos las convirtieron en crímenes. Ya no se atrevía a aparecer en público.


Oliva

El 31 de mayo de 1785 el parlamento dio un veredicto razonable después de 17 horas de discusión. Rohan y Cagliostro fueron declarados inocentes y los absolvieron. También fue favorecida la baronesa de Oliva, pero considerándosela dudosa. La Motte, en rebeldía, fue condenado a galeras a perpetuidad. Rétaux fue expulsado para siempre de su patria. En cuanto a Juana de La Motte, fue condenada a ser castigada a latigazos y marcada con hierro candente con una letra “V” en cada hombro y encerrada presa en la “Salpêtrière. La ejecución de la pena tuvo lugar ante todo el pueblo el 20 de junio de 1785. Al cabo de pocos meses, la condesa consiguió evadirse a pesar de estar en una prisión. Se reunió con su esposo en Londres donde murió en 1791, después de haber publicado contra la reina memorias infamantes e injuriosas que se repartieron por toda Europa.



La absolución de Rohan consternó a Maria Antonieta. Tomo como una injuria personal la resolución del parlamento, estimando que al absolver al cardenal daban crédito a las calumnias dirigidas contra ella. Influido por su esposa, el rey envió al cardenal al destierro, que pasó en su abadía de Chaise-Dieu.

Tal es el “affaire” del collar, que tanto desacreditó a la reina, injustamente es cierto, pero jamás logró borrar esta penosa impresión en su pueblo. El prestigio real se vio disminuido. En 1793, durante el proceso de Maria Antonieta puede verse el interrogatorio del prescíndete del tribunal, Herman:

¿No fue en el Petit Trianon donde usted conoció por primera vez a Mme de La Motte?

No la he visto jamás.

¿Acaso no fue ella su victima en el asunto del collar?

No pudo serlo puesto que yo no la conocía

¿Persiste en negar que al conoció?

Persisto en decir la verdad…

El collar que la reina no compró jamás y de lo que anda supo, quedó unido a su memoria como la Túnica de Neso

(Centauro de la mitología. Dio su túnica a Dayanira como talismán, la que tenia que devolver a su esposo si le era infiel)

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por claudia el Mar Ago 05, 2008 2:53 am

Lindo como siempre y entretenido.
avanti querido amigo.

claudia
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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Mar Ago 05, 2008 10:03 pm

LOS POLIGNAC ENTRAN EN ESCENA

Era una suave noche del verano de 1775, una noche de baile en Versalles. En la sala, mil bujías lanzaban sus reflejos sobre el mármol verde, cuyos trofeos dorados se destacaban sobre el terciopelo azul de las cortinas. Maria Antonieta estaba esplendorosa, vestida con un traje de tela de plata bordada con ramilletes de flores, y plumas blancas en la cabeza. Todos celebraban a su reina, y, sin embargo, no faltó una mala lengua que hiciera notar que la reina no llevaba el compás de la danza:

¡Quiere decir, respondió un anciano, que la música está equivocada!

Se detuvo la orquesta, y la reina permaneció inmóvil, fascinada, bruscamente tan pálida bajo su “rouge” que creyeron que se desmayaba. Acababa de ver a una joven desconocida, morena, de ojos azules, a quien la gracia y la sencillez prestaban un encanto angelical, “una de esas cabezas, escribió más tarde Besenval, en las que Rafael sabia unir una expresión espiritual a una dulzura infinita”.



¿Era posible que esta belleza fuera desconocida en la corte? Inmediatamente se apresuraron a informar a Su Majestad. Yolanda de Polastron, casada desde la adolescencia con un coronel sin porvenir, el conde Jules de Polignac. Llevaban una vida muy retirada en su propiedad de Claye. Era sobrina de M. de Maurepas, primer ministro y mentor del rey. Su cuñada, Diana de Polignac, fea, jorobada, pero chispeante de malicia y de “esprit”, acababa de ser nombrada dama de honor de la condesa de Artois: había llamado junto a ella a la tímida Yolanda.


Yolanda de Polastron

Un momento mas tarde, la condesa Jules, como la llamaban, hacia su reverencia ante la reina.

¿Por qué, señora, no viene jamás a Versalles?

Y Mme. de Polignac, sin ruborizarse, confesó que su fortuna, muy modesta, le imponía una vida retirada en el campo.

Maria Antonieta quedó fascinada. Una confesión semejante traslucía un alma rara, exquisita, digna de ese rostro de madona.

La pequeña reina de 20 años, que aún era una niña, a pesar de cinco años de matrimonio, jamás olvidó este encuentro. “Los parloteos amistosos” estaban muy de moda;
es decir, se trataba de amistades intimas entre mujeres, por lo demás, completamente puras.

Maria Antonieta también tenía una amiga de elección, la princesa de Lamballe, a quien con mucho trabajo, y al precio de mil intrigas, había hecho nombrar superintendente de su casa, lo que representaba una enorme renta para la princesa. Pero ésta abusaba de los desmayos verdaderos o fingidos. Era de carácter difícil, tiránica y, además, princesa. La ingenua afección de una compañera casi ignorante del mundo le pareció inapreciable.


Mme de Lamballe

Un concierto, en el que la joven Mme de Pòlignac se sentó ante el clavecín y reveló una voz deliciosa, terminó por hechizar a la reina. Invitó a la condesa al viaje ritual que hacia todos los años a Fontainbleu.

“No soy reina”…

Llovió casi diariamente durante esa estación. Maria Antonieta, muy resfriada, casi no salía de sus habitaciones, y se entretenía con la compañía de Yolanda (nombre que no se pronunciaba en esa época, por encontrarse sabor medieval, de modo que los íntimos la llamaban la joven “Jules”, como a su marido).



La reina acababa de ser gravemente ofendida por la audacia de un amigo, el apuesto Lauzun. Se consolaba gracias al candor de un alma maravillosamente sensible.

A solas con ella, proclamaba imprudentemente la reina cuando se refería a la condesa, ya no soy reina, ¡Soy yo misma!.

Para la sentimental austriaca, herida por la indolencia conyugal y la insolencia de sus compañeros de placer, esta afección le pareció el primer paso hacia una dicha ignorada, un inocente plagio de amor.

La naturalidad, la sencillez, el abandono encantaban a Mme de Polignac. La indolencia era su coquetería, los trajes sencillos la vestían deliciosamente. Un detalle cualquiera lucia en ella como un adorno suntuoso: una rosa en sus cabellos, un peinador, batas de percala, matinales aéreas y flotantes, la embellecían de tal modo, que el conde de Paroy trató de conservarla en sus dibujos.



Buena, dulce, fácil, indolente, la condesa Jules no tenía parecer tener vocación para las intrigas. Jugar a la pastora con la hija de Maria Teresa habría colmado sus ambiciones si hubiera sido sola, pero, desgraciadamente, no era así. Conforme a las tradiciones clásicas, tenia como amante al mejor amigo de su marido, el conde de Vaudreil, un criollo tísico, que continuamente le provocaba escenas desagradables. Su atrevida y bellaca cuñada temblaba de codicia ante el favor real de la joven condesa. Su antiguo amigo, el barón de Besenval, Maquiavelo de alcoba, de quien decían: “que era imposible tener mas amabilidad y menos modales”, estaba convencido que su amistad con la reina era muy firme, gracias que le había enseñado a jugar Tric-Trac. Se sentía el creador de una variedad de Pompadour.


Vaudreuil

Mme de Polignac no sabía resistir a los que la rodeaban, y menos aun al fantástico Vaudreuil.

Una intriga contra la joven, urdida por el caballero de Luxemburgo, campeón de la princesa de Lamballe, permitió revelarse a la joven. Bañada en lágrimas, la condesa dijo a Maria Antonieta:

Aun no nos queremos tanto para sufrir una separación. Esto sucederá de un momento a otro, y ya me costará mucho alejarme de la reina. Es mejor prevenir estos contratiempos, y ruego a Su Majestad que me deje abandonar Fontainbleu.

La reina, desesperada, estalló en sollozos, abrazó a su amiga, le suplicó que se quedara, y cuando la hubo convencido, la llevó triunfalmente al parque. Esta conversación intima, entre las dos (antes escoltaban a la reina 80 personas), escandalizó a la corte tanto como el asunto de Lauzun, y salieron a relucir una cantidad de versos y libelos satíricos.

Me han supuesto, liberalmente, dos gustos, el de las mujeres, y el de los amantes, decía riéndose.

Las imprudencias de Polignac.

Pero la hábil condesa avisó nuevamente su partida, y esta vez lo hizo por escrito. Sus modestos recursos la obligaban, “y más aún el temor que la amistad de la reina, además de haberle traído numerosos enemigos, la dejara una vez entregada al odio de los envidiosos y a la tristeza de haber perdido la augusta benevolencia de que era objeto”.

La respuesta de Maria Antonieta fue el nombramiento de M. de Polignac como asesor del primer caballerizo, ofreciendo al joven matrimonio un departamento delicioso en la cúspide de la escalera de mármol de Venus.


Princesa de Polignac

Era en la época que se hablaba de economías. El donde de Polignac, tan necesitado la víspera, tenía delirios de grandezas. Se entregó a un verdadero saqueo, haciéndose aumentar los gastos al doble. La caballeriza de la reina costó 16 millones de antiguos francos en 1777 y cerca de 30 en 1780.

En vano el conde de Mercy-Argentau hizo ver el peligro que encerraban las violentas críticas de la opinión pública. Al mismo tiempo, la corte se convertía en el campo de batalla donde dos rivales se disputaban la amistad de Maria Antonieta. “Las dos favoritas (Lamballe y Polignac), muy celosas la una de la otra se quejaban y disputaban sin cesar”.


Princesa de Lamballe

La excesiva intimidad de la reina con Mme Jules comprometía a la soberana. La princesa de Guemené, aya de los hijos de Francia lo comprendió así: abrió su salón a la sociedad frívola y codiciosa que había reunido Vaudreil en torno de Mme de Polignac.

La reina tomó la costumbre de acudir todas las noches después de la cena al salón de la princesa. No había temor de que encontrara allí ese monstruo que tanto temía: el aburrimiento. Las cenas, las comedias, el juego frenético y otros pasatiempos la arrastraban en torbellinos de diversiones. Los Benseval, los Coigny, los Adhémar, los Dillon, los d’Andlau, los Châlon, rivalizaban en sus locuras. Las bromas de la condesa Diana brotaban sin esfuerzo y estallaban como cohetes;
Vaudreil lanzaba paradojas incendiarias: el conde de Artois jugaba con Mme de Polastron. Las mujeres eran bellas, galantes, etéreas. Los hombres espirituales, depravados, impertinentes. Siempre vestida con discreción, la condesa Jules dispensaba la gracia de su sonrisa algo vaga, y Maria Antonieta se sentía totalmente feliz.



Algunas veces, Luís XVI se reunía con el alegre grupo. Honor inoportuno. Felizmente, bastaba avanzar los punteros del reloj para hacer partir al puntual soberano. Cuando los había abandonado, ridiculizaban sin temor sus proyectos de reforma, alababan el genio político de algún imbécil “amable”.

Muy pronto, Europa comprendió que habia que tomar en cuenta estos parloteos. Turgot hizo destituir a un amigo del clan, el inepto duque de Guines, embajador en Londres;
Mme de Polignac aconsejó también a la reina, lo que apresuró la caída del duque.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Miér Ago 06, 2008 12:12 am

La visita de José II

En 1777 cayó sobre Versalles un curioso aerolito. El emperador José II, hermano de la reina, desempeñando el papel de los campesinos del Danubio, declaró bien claramente que el salón de Mme Guemené era un garlito;
reprochó ásperamente a Maria Antonieta que tuviera relaciones indignas de ellas, y a Luís XVI, su pereza conyugal. Si la reina sólo se enmendó por un instante, en cambio un poco después fue esposa y madre.

Lo que no hizo cambiar en nada el crédito de la condesa.


José II

El encuentro de la reina con Axel de Fersen pudo modificar muchas cosas en esa época. Pero el apuesto sueco, huyendo de la tentación, se fue a luchar a Norteamérica, y esto acercó más aun a Maria Antonieta y a “la más tierna de las amigas”.

Entonces, los embajadores informaron que “La reina observaba mas discreción y prudencia”.

Se había extinguido el tumulto interior que durante tanto tiempo afiebró a la joven soberana sin marido. Pero su corazón se sentía solitario y sólo Yolanda apaciguaba su nostalgia.

Durante estos años se amasaron tantos odios en Versalles, que la soberana prefería deliberadamente los pasatiempos sencillos del Trianon, donde la belleza y la gracia de la condesa Jules lucían irresistibles en medio de la naturaleza. Sin desperdiciar ninguna ocasión, sus íntimos confiscaban más y más a la reina y la nobleza olvidó la costumbre de pasar en la corte. Y cuando llegó el día en que la monarquía se vio amenazada, comprendió tarde que había perdido a sus defensores tradicionales.


Teatro de Maria Antonieta en el Petit Trianon

Lejos de pensar en estas cosas, la reina se estrenaba como actriz. M de Vaudreuil adoraba el teatro y tenia la reputación de ser el mejor actor de la sociedad parisiense. El clan Polignac se transformó en torno de la reina en una compañía de teatro dramático. Solicitaron a la condesa de Provenza que formara parte de este grupo, lo que rechazó con altivez:

Pero desde el momento que yo, la reina de Francia, acepto desempeñar algunos papeles en la comedia, no debía tener escrúpulos, le dijo Maria Antonieta.

Si no soy reina, en cambio estoy hecha con la madera que empelan para hacerlas, respondió con altivez.


Condesa de Provenza

Pero la real aturdida no comprendió la lección. Su gran preocupación era Mme de Polignac, y deseosa de mejorar cada día mas la situación de la favorita, sólo pensaba en ascenderla, haciendo toda clase de locura a las cuales Mme Jules se mostraba indiferente y como saciada de tantos honores.

La princesa de Lamballe abandonó la lucha. Excluida de todas las reuniones íntimas, se alejó de la corte.

El conde Jules se vio abrumado con pensiones;
su anciano padre, que vegetaba en una provincia, fue nombrado representante de Francia en Viena;
la condesa Diana, singular mentor, dirigió la casa de Mme Elisabeth, y Vaudreuil recibió el cargo de gran halconero, no sin acariciar la esperanza de ser un día ayo del Delfín. Estos gentileshombres recibieron en pocos meses más de 500.000 libras de renta.


Mme Elisabeth hermana de Luís XVI

Cuando en 1780 la favorita se encontró grávida del futuro ministro de Carlos X, la reina muy excitada se instaló en La Muette para poder visitar diariamente a su amiga, que vivía en Passy. El 14 de mayo el conde recibió el titulo de duque en recompensa por el feliz parto de Mme de Polignac;
además una pensión de 30.00 libras para Vaudreuil.

Casi al mismo tiempo la nueva duquesa casó a su hija con el duque de Guiche, que inmediatamente se vio colmado de favores y honores. El rey, que jamás otorgaba dotes de mas de 6.000 libras, dio a la joven una de 800.000 libras, a la que añadió un presente de 400.000 libras para Mme de Polignac. ¿No era suficiente? No. La insaciable tribu deseaba aún una propiedad inmensa, la tierra de Bitche en Lorena, que era propiedad de la corona. Los ministros asustados, consiguieron desbaratar momentáneamente este proyecto, pero pronto tuvieron que capitular, y pagaron muy cara su efímera victoria.

Vaudreuil triunfaba. Las Pomapdour y las du Barry tenían una heredera exquisita, más mimada, y, además, protectora de las artes.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Miér Ago 06, 2008 2:38 am

Victoria de la pandilla

Maria Antonieta no era afecta a los asuntos serios. Leer una memoria, escuchar un informe, era algo que estaba más allá de sus fuerzas. En cambio no había dificultad para inspirarle una idea, un entusiasmo que encontraba eco en un complaciente Luís XVI, lo que imprimía a la política impulsos inesperados.

Besenval tenía la manía de elegir los ministros. Persuadió a Vaudreuil y a Mme de Polignac que debían dedicarse a esa tarea.


Besenval

En octubre de 1780, la pandilla consiguió su primera victoria, al obtener el ministerio de marina para el marqués de Castries, lo que por lo demás era una buena elección.

Ya para nadie era un misterio cuál era la ruta más directa hacia los honores. Los que visitaban asiduamente el salón de los Polignac perdieron la cabeza hasta tal punto que llegaron hasta despreciar a su protectora misma. Vaudreuil llegó a tratar de un modo grosero a Su Majestad muy Cristiana.

Aficionado a las paradojas, gozaba contrariando a la reina, y la ofuscada sosteniendo la tesis de los filósofos. Lo único que no podía tolerar era la palabra “economía”.

Maria Antonieta empezó poco a poco a tomarle horror a su rival. Y se lamentaba de este modo.

¡Las reinas se aburren en sus casas, y se comprometen en las de sus súbditos!

A pesar del tan esperado nacimiento del Delfín, los panfletos llovían sobre Versalles. Y la incitaron a buscar otro lenitivo, que no fuera a base de placeres. ¡Cuánto habría agradecido en ese momento una lágrima de “la más tierna de las amigas”, un impulso instantáneo que la habría consolado de tantas decepciones!


Maria Antonieta y Mme de Polignac

Pero la duquesa no parecía comprender, y Maria Antonieta empezaba a preguntarse si no había sido un juguete en manos de su amiga. Había que reconocer que aceptaba, sin embargo, el veredicto de la reina. Cuando trató de hacer nombrar al conde de Adhémar ministro de la Casa del Rey, Maria Antonieta, indignada por la creciente influencia de este anciano pisaverde sin sesos, se libró de él, haciéndole designar embajador en Londres.

Sé que es una nulidad, decía con ingenuidad desarmarte, pero como estamos en paz con Inglaterra, no tendrá ocasión para hacer nada ni bueno ni malo.

Pero, desgraciadamente, no le era tan fácil deshacerse del antipático Vaudreuil. Un día, sin fuerzas para seguir ocultando su molestia, dijo a Mme de Polignac que no quería volver a encontrar a éste hombre.

Me parece, dijo con mucha tranquilidad la favorita, que porque Su Majestad desea venir a mi salón no es razón suficiente para que pretenda excluir a mis amigos.



Estas crueles palabras sonaron como campanas doblando a difuntos en los oídos de Maria Antonieta;
¡adiós, hermoso sueño de amistad! Profundamente herida, la reina eligió una nueva confidente y creyó encontrarla en su dama de honor Genéviève de Gramont, condesa de Ossun, a quien cedió el primer departamento de la favorita. Desde entonces pasó muchas veladas junto a esa mujer dulce, espiritual y desinteresada. Cuando no podía impedir dirigirse a visitar a la duquesa empezaba por hacer preguntar quien se encontraba con ella.

La ascensión continúa.

Entre tanto Mme de Guemené, salpicada por la bancarrota de su esposo, se alejó de la corte. ¿Quién la reemplazaría como aya de los hijos de Francia? La reina vacilaba entre dos matronas respetables, Mmes Duras y de Chimay, pero ya la opinión pública la acusaba de entregar el Delfín a una cortesana. Y el diabólico Besenval la convenció que ponía en peligro su gloria si no nombraba a su favorita.

¿Mme de Polignac?, respondió Maria Antonieta, creía que usted la conocía mejor;
no aceptaría este cargo.

Efectivamente, la indolente joven temía un puesto tan abrumador. Esto no tenía importancia. La pandilla trabajó tan bien, alentando el orgullo de una y forzando la apatía de la otra, que la reina terminó por cometer la irreparable falta. Además M. de Polignac fue nombrado director de Correos y la pareja recibió 80.000 libras como pensión suplementaria. La duquesa y los suyos llegaron a la cúspide de la grandeza justo cuando la reina, decepcionada, empezaba a alejarse de ellos.



En el antiguo departamento de Yolanda, donde Mme de Ossun trataba de consolar a la reina, la joven soberana trataba de evocar el recuerdo de las dichas perdidas y hacía el balance de su loca amistad. Había cosechado la ingratitud, la impopularidad, una reputación escandalosa, sufrimientos humillantes, y, en fin, el castigo supremo: la falta de cariño, casi el odio de su propio hijo.

Esta lucidez tarida y sobre todo la reaparición de Fersen, que regresaba cargado de honores de Norteamérica, pudieron ayudar a la caída de los Polignac. Pero, a despecho de todo, la reina continuaba sometida a la hechicera, lo que no le proporcionaba ninguna alegría, y el poderío del clan había aumentado tanto, que casi desbarataba el del mismo rey.



Luis XVI podía prohibir que se presentara “El matrimonio de Figaro”. Vaudreuil declaraba que esta obra era admirable y se representaba en medio de los aplausos de los mismos que la fustigaban.

Aprovechando una enfermedad de la reina, los Polignac consiguieron que M. de Calonne fuera designado Director General de Finanzas, puesto que pondría en sus manos las llaves del Tesoro. Y bajo las manos del “Mago” empezó la gran danza de los escudos.


Calonne

La deplorable conclusión de esta experiencia, la reanudación de la amistad entre Maria Antonieta y la Lamballe, el idilio con M. de Fersen terminaron por cavar un foso entre Maria Antonieta y sus funestos amigos. Durante los últimos dos o tres años de la monarquía, la reina y la gobernante de los hijos de Francia sólo se hablaron el público. Era ¡ay!, demasiado tarde.

Amenaza sobre Mme de Polignac.

El 16 de julio de 1789, cuando los primeros ataques se dirigieron a La Bastilla, se jugaba en Versalles la suerte de la corona. Los patios del castillo estaban llenos de una multitud que pedía que el rey, la reina y el delfín salieran a los balcones. Maria Antonieta encargó a Mme de Campan que fuera a buscar el niño. Mme de Polignac no tendría que acompañarlo.

¡Ah!, señora, exclamó la duquesa cuando recibió el recado, ¡que golpe recibo!

Su ausencia fue notada por ciertas personas misteriosas que se habían mezclado a la multitud y que lanzaban siniestras exclamaciones.

¡Aún está en Versalles! Dijo un hombre;
es como los topos, trabaja por lo bajo. Ya sabremos escarbar para desenterrarla.

Otros hablaban francamente de matar a la favorita.


Mme de Campan

Madame Campan oyó. Corrió a contar esos rumores a la reina, quien a las 8 de la noche hizo llamar a Mme de Polignac y a su marido.

Me temo todo… en nombre de nuestra amistad ¡partan!

Yolanda se rebeló. Quizás comprendió por primera vez los sentimientos que le había dedicado la reina y el precio que esta desgraciada soberana pagaba por esa ternura tan despreciada. ¡Y bien! La compañera infiel de los días felices no desertaría ante el peligro;
compartiría la suerte de su protectora.

Maria Antonieta lloró de pena y de alegría. La prueba le devolvió a su amiga, pero al mismo tiempo se la quitó para siempre.

Cuando Luís XVI entró en la habitación, la reina le dijo:

¡Venga, señor, ayúdeme a persuadir a estas honradas personas que deben alejarse!

La duquesa cedió. Reunió precipitadamente sus efectos personales y disfrazada de camarera, se sentó en el asiento delantero de la carroza donde ya estaba su marido, la condesa Diana, la duquesa de Guiche, y su anciano amigo, el abate Baliviére. A pesar de sus deseos de abrazar una vez más a la fugitiva, Maria Antonieta no osó presenciar esta partida tan miserable. A último momento hizo entregar a Mme de Polignac 500 luises envueltos en una cartita:

¡Adiós, la más querida de las amigas! ¡Cuan atroz es esta palabra, y cuan necesaria! ¡Adiós! ¡Apenas tengo fuerzas para enviarle un beso!

Y el pesado coche se puso en camino hacia el destierro. ¡Los campos que atravesaron no semejaban nada al risueño Hameau!



Llegaron a la frontera:

Señora, dijo el postillón, aún hay gente honesta en el mundo. Reconocí a todos en Sens.

No obstante, Maria Antonieta sintió renacer una llama que creía extinguida. Tan pronto como llegó a Basilea, la duquesa recibió una carta de ella: “Solo me atrevo a dirigirle una línea, mi corazón… Quiero expresarle cuánto lamento haberme separado de usted;
espero que lo sentirá como yo. Estamos rodeados de penas, de desgracias y desgraciados… Todo el mundo huye, y me siento demasiado feliz al pensar que todos los seres que me interesan están lejos de mi”

La reina escribió muy a menudo a su querida ausente y, gracias al barón de Staël, ésta patética correspondencia prosiguió durante mucho tiempo.

Mme de Polignac encontró refugio en Viena, ciudad natal de su amiga. Los ecos de la tormenta revolucionaria la llenaban de terror y de remordimiento. ¿Qué fatalidad hizo caer en sus huidizos hombros una parte de la responsabilidad de este drama?

Maria Antonieta desapareció tras la cortina de fuego. Y estas fueron las últimas palabras que al duquesa recibió de ella: “Compadézcame, corazón, y, sobre todo, ámeme. Yo querré a usted y a los suyos hasta mi último suspiro. La beso con toda mi alma”.


Lamballe

Pasaron los meses, los años. Yolanda se impuso de las masacres de septiembre, la muerte de Mme de Lamballe, heroína de la amistad. Quizás pensó la desterrada que su propia cabeza pudo llevar a la reina el mensaje fúnebre que seria la salvaguardia de la memoria de la princesa. Pero el destino le rehusó el martirio y la indulgencia de la posteridad.

Mme de Polignac no ofrecerá un gran espectáculo en el momento de su muerte. Expiró a los 44 años, consumida de pena y desolación.
No se sabe si tuvo tiempo para conocer el fin de su amiga tan apasionada, de la reina, victima de su corazón, que pocas semanas antes había ascendido orgullosamente las gradas del cadalso.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por CENICIENTA1971 el Miér Ago 06, 2008 7:46 pm

FASCINANTE!!!
AHORA ENTIENDO QUE NO HAYAS TENIDO TIEMPO PARA "
DESVALIJAR NUESTROS TESOROS"
, SIN EMBARGO EL RELATO ES FABULOSO!!!!
ES MAS HASTA ..............

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Jue Ago 07, 2008 1:06 am

EL REPORTERO ESTABA ALLI

La propia familia de Maria Antonieta fue la primera en inquietarse por la vida disipada y frívola de la reina y un redactor anónimo ha contado que una vez que Maria Antonieta apareció en un baile, con la cabeza adornada con plumas y flores, preguntó a su hermano el emperador José II de Austria, que estaba de visita en Versalles:

¿No me encuentra maravillosamente bien peinada?

Si

Pero ese “si”, es muy seco;
¿acaso no me sienta este tocado?

En verdad, si quiere que le reposada francamente, Señora, lo encuentro muy liviano para soportar una corona


Mercy-Argentau

Y Maria Teresa escribía en estos términos a Mercy-Argentau:

“Por todo lo que usted me cuenta sobre el tren de vida tan disipado de mi hija, veo con pena que mientras mas se habitúe a estas malas costumbres, más le costara volver a su antigua manera de ser”.

Y cuando José II se disponía a regresar a Viena, dejó para su hermana una carta llena de sanos consejos, exhortándola a ser más prudente (29 de mayo de 1777)

“Como reina, tiene un empleo luminoso…, hay que cumplir con ese cargo…, ya es tiempo de sobra para que usted reflexione…, la edad avanza y usted ya no tiene la excusa de la infancia… Arránquese la venda que le impide ver donde está su deber y su verdadera dicha”.

Lo que ningún ruego pudo conseguir de la liviana princesa, las circunstancias la obligaron a cambiar. La exasperación popular que había provocado la reina y su “grupo intimo”, oponiéndose a toda política de reformas, y por la constante provocación que representaba su lujo, su frivolidad, sus gastos desmedidos frente a la miseria del pueblo, estalló el 14 de julio, con la toma de la bastilla, que fue el principio de la Revolución Francesa. Desde ese momento, Maria Antonieta se reveló como otra mujer, valiente decidida a defender las prerrogativas reales y mas tarde su vida y la de su familia. Mientras Luís XVI aparecía más y más inferior a su tarea, ella luchó tenazmente contra las fuerzas hostiles. Su valor se manifestó en el momento de la revuelta que amenazó a Versalles los días 5 y 6 de octubre de 1789. Weber, el hermano de leche de la reina, que le había acompañado a Francia, nos relata:

“La reina, con una noble y conmovedora firmeza, consolaba y animaba a todo el mundo”… M de Luzerne, Ministro de Marina, al ver que una bala se estrellaba contra un muro cerca de la ventana donde se encontraba la reina, se adelantó y se deslizó como por curiosidad entre ella y la ventana. A la reina no se le escapó el motivo de este movimiento y el dijo: “Ese no es su sitio, es el mío”. Y lo obligó a retirarse.


Madame de Staël

Madame de Staël, hablando de los hechos de ese mismo día, cuenta:

“La reina apareció con los cabellos en desorden, pálida pero digna y toda su persona impresionaba la imaginación”

Muchos cortesanos aconsejaron a la reina, en los comienzos de 1790, que se pusiera en contacto con el conde de Mirabeau, uno de los jefes revolucionarios mas influyentes, pero del que se sabia que deseaba conservar la monarquía bajo una forma… constitucional, Maria Antonieta tenia muchas prevenciones en su contra, sin embargo, le escribió al barón de Flachslanden, el 22 de abril:

“Crea no obstante, señor barón, que si la necesidad me obligara a contar con semejante hombre, mi carácter y mi valor sabrían sacrificar mis sentimientos personales… Vea pues, señor barón, si usted puede encontrar la persona que pueda servirnos para atraernos o destruir el monstruo”.


Mirabeau

Esa persona fue el conde de la Mark, amigo de Mirabeau, pero que gozaba de la confianza de Maria Antonieta. Maria Antonieta se encontró clandestinamente con la reina en Saint Cloud, “Salió subyugado de esta entrevista”, nos dice su sobrino, que loa guardaba en la puerta del parque:

“Es grande…, es noble… ¡y bien desgraciada! ¡Víctor…, yo la salvaré!” Jamás, dice el joven, la voz de mi tío me había parecido mas alterada que en aquella ocasión.

Y durante un año, por medio de una correspondencia secreta ininterrumpida, Mirabeau trató desesperadamente de persuadir a la reina que adoptara el plan que él habia concebido y que según él debía salvar a la monarquía.



Nota de Mirabeau as la corte, el 20 de junio de 1790:

“No creo que el trono, y sobre todo que al dinastía, hayan conocido un peligro mas grande… El rey sólo cuenta con un hombre…, su mujer. Quiero creer que ella no desearía la vida sin la corona;
pero de lo que estoy bien seguro, es que no conservara su vida si no conserva su corona. Llegará el momento y muy pronto, en que habrá que probar lo que pueden una mujer y un niño a caballo:

Aquí hace Mirabeau alusión a un episodio del reinado de la madre de Maria Antonieta, la emperatriz Maria Teresa. Desgraciadamente la reina no tenia entera confianza en Mirabeau, tanto más que Fersen, su fiel e íntimo amigo, a quien veía continuamente, no la animaba para ello.


Luís XVI y Maria Antonieta

El conde de la Mark:

“Jamás me sorprendí de la reina, atenaceada por los consejos tan distintos que le llegaban de todas partes, vacilara a menudo en aceptar los del hombre de quien había tenido tantos motivos para quejarse. (Al principio de la revolución)

Y éste es el drama. Maria Antonieta oscilando entre tantos consejos opuestos, creyó que era muy hábil de su parte jugar en varios tableros a la vez. Mientras proseguía sus negociaciones con Mirabeau, llamó en su ayuda a todas las cortes europeas. El redactor de esta correspondencia secreta (21 de agosto de 1790)

“La Corte está en completa agitación;
escriben de día y de noche;
los correos se suceden sin interrupción. La reina es la que dirige estos movimientos y cuando sale de las oficinas, aparece en público con el aire mas sereno del mundo”.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Vie Ago 08, 2008 3:07 am

Tuvo una entrevista con el embajador de España Fernán Núñez, quien escribió enseguida a su gobierno (enero de 1791):

“Quiero saber positivamente si se puede o no contar con España: ¿Bajo que forma y hasta que punto? Durante toda la conversación tuve ante mí a una mujer desesperada, estaba en el límite extremo de su resistencia ante la actual situación. Y esto da pábulo para creer en el ruido que ha circulado estos días, según el cual ella habría pensado en envenenarse”.

Y el 24 de marzo Fernán Núñez escribió:

“Da pena verla aferrarse, para no caer en el abismo, a las ramas más débiles que se le presentan”…

Todos los que deseaban salvar la Monarquía, se dirigían a ella. El rey parecía no existir. El conde de Montmorin, Ministro de relaciones exteriores:

“Quiero ser útil, y solo consigo serlo a través de la reina;
siento que es la fuerza mayor que tiene el gobierno;
sólo por ella se podría actuar sobre el rey… Sólo contando con su confianza podemos hacer algo”.



Ocho meses más tarde, la situación le parecía mucho más crítica y le escribió a Mercy-Argentau (28 de septiembre de 1791):

“…No sucedería lo mismo si al reina pudiera tomar el timón de las negociaciones;
esto es lo que hay que conseguir… Mientras la reina no sea el punto central de los negocios… podemos temer cualquier falta y toda clase de peligros, porque hay que rendirse a la evidencia: el rey no es capaz de gobernar y la única q1ue puede reemplazarlo es la reina, siempre que sea secundada… Seria preciso que ella reconozca que debe ocuparse, con perseverancia y método, de todos los problemas;
tiene que hacerse el propósito de acordar una entera confianza al que ella escoja para ayudarla y retirar lo que ha entregado a ciertas personas que no le sirven”.


Fernán Núñez

Su valor se demostró a través de las frecuentes pequeñas revueltas que llegaban hasta los muros de las Tullerias. El autor de la correspondencia secreta relata el 20 de noviembre de 1790:

“El rey, que en esos momentos se encontraba en el piso bajo, tuvo miedo. Exclamó “¡Sálvenme de esta canalla enfurecida!” y huyó para ocultarse en las buhardillas, donde permaneció largo tiempo. Ella se atrevió a ordenar a la guardia nacional que defendiera la puerta del castillo y que cerraran las rejas de las Tullerias. La reina no perdió la cabeza ni un solo instante. La guardia nacional subyugada por el ascendiente que conserva siempre una reina, le obedeció”.

Imperturbable, persistía en ver a menudo al conde de Fersen, a pesar que sabía los comentarios que se hacían sobre sus relaciones. El conde de Saint Priest:

“Fui informado por un sargento de los guardias franceses, que habiendo encontrado a Fersen a las 3 de la mañana, saliendo del castillo, estuvo a punto de detenerlo. Creí que era mi deber informar a la reina, observándole que la presencia del conde de Fersen y sus visitas al castillo podrían presentar algún peligro: “Dígaselo, respondió la reina, si cree que vale la pena. En cuanto a mi, no me preocupa”. Y las visitas continuaron.


Fersen

Desde principios de la primavera de 1791, Maria Antonieta pensó en al fuga;
quiso salir de Paris con su familia. Escribió al embajador de España Fernán Núñez:

“Nuestra partida es algo así como ceder al torrente para poder conservar nuestras vidas y necesitamos salir de aquí, cueste lo que cueste, pero para esto necesitamos que las potencias extranjeras nos ayuden, socorriéndonos”…

Esta tentativa de evasión tuvo lugar el mes de junio y fracasó en Varennes, donde reconocieron a la familia real y la detuvieron. Fernán Núñez asistió a su regreso;
estaban escoltados por 3 diputados, que había enviado la Asamblea Constituyente con el objeto de llevarlos a Paris.



La reina se veía mas impresionada que el rey, pero sin perder un ápice su dignidad, a pesar que los esfuerzos que hacia para dominarse traicionaban la justa cólera que sentía en su corazón. Sin embargo, tuvo bastante presencia de ánimo para decirle a Barnave, con un tono jovial: “Le confieso que no me imaginaba que pasaríamos 13 horas juntos en un coche”.

Es sabido que durante el trayecto había hecho la conquista de Barnave. Desde entonces, éste reemplazó a Mirabeau (que había muerto el 2 de abril), e hizo cuanto estuvo de su parte, por salvar a la Monarquía Constitucional. Fue la reina quien tomó la iniciativa de esta colaboración, deseando sacar partido de la simpatía que había visto despertarse en Barnave.

Barnave se entusiasmó ante la confianza que la reina le demostraba. Estaba convencido que si conseguía que Maria Antonieta aceptara lealmente la Constitución, se salvaría la Monarquía. Pero la reina fingía escuchar sus consejos y los de sus amigos constitucionales. Mientras tanto no cesaba de mantener correspondencia con el extranjero, de donde esperaba recibir ayuda.

Y Barnave escribía aun el 10 de octubre a Maria Antonieta:

“Si los días serenos y alegren suceden a los días de revuelta;
si sin ningún medio violento y sólo con la influencia de una conducta hábil y enérgica, la reina subyuga a este pueblo que durante tanto tiempo la trató como enemiga. ¡Cuánto camino ha hecho desde algunos meses!”.


Barnave

Maria Antonieta confiaba al conde de Fersen algunos días antes:

“¡Que desgracia verse rodeada de canallas!... No se imagina cuanto me cuesta hacer todo esto”.

El mayor cuidado de Maria Antonieta era no oponerse abiertamente a nadie, para cuidar de lo que pudiera sucederle en el porvenir. Al mismo tiempo aparentaba confiar en todo el mundo: Barnave, el conde de Provenza, jefe de Inmigración y a quien odiaba;
en las potencias extranjeras que eran toda su esperanza, a pesar de la mala voluntad que manifestaban en hacer la menor cosa a favor de la Monarquía francesa. Se desesperaba al ver que su marido y su cuñada la secundaban tan mal en la lucha que sostenía. Maria Antonieta le escribió a Mercy-Argentau, el 12 de septiembre de 1791:

“Desearía que todo el mundo coordinara su conducta con la mía, aun cuando hasta en nuestro interior tenemos grandes obstáculos y libramos terribles combates... Sólo encuentro falta de energía en unos y mala voluntad en otros. ¡Dios mío! ¿Es posible que habiendo nacido con carácter y sintiendo como corre la sangre por mis venas, esté destinada a vivir en este siglo y con tales hombres? Pero no creo que por esto me abandone el valor. ¡Cumpliré hasta el fin con mi larga y penosa carrera! Ya no veo ni lo que escribo… ¡Adiós!


Tullerias

Por fin, impaciente porque no recibía una respuesta positiva de su hermano, respecto al congreso de naciones que ella le había pedido que reuniera para asustar a los franceses y tratar con ellos el restablecimiento de la Monarquía “en su aspecto integro”, escribió a Mercy-Argentau, el 16 de diciembre de 1791:

“Que mi hermano no se equivoque;
tarde o temprano se verá mezclado en nuestros problemas… Ya no es tiempo de tramitarnos, es el momento de ayudar. Si no lo hace luego, ya no será tiempo y al emperador sólo le quedará la vergüenza y reproches que se hará ante el Universo entero, por haber dejado arrastrar vilmente a su hermana, su sobrino y su aliado, habiéndole sido posible salvarlos”.



Habiéndose percatado Barnave de la duplicidad de la reina hacia él, abandonó el juego y se retiró a su provincia a principios de 1792. Madame Campan, primera camarera de la reina, describe el estado de ánimo de la familia real en la primavera de ese mismo año:

“En esta misma época, el rey se veía muy decepcionado;
su estado era el de un verdadero decaimiento físico. Pasó diez días seguidos sin pronunciar una palabra, ni siquiera en el seno de su familia, fuera de una partida de Tric-Trac, que jugaba después de comer con Madame Elisabeth, en la que sólo abría la boca para decir las palabras obligadas por el juego. La reina lo hizo reaccionar de ésta actitud, tan funesta en esta situación tan critica, en la que cada minuto era necesario actuar;
se echó a sus pies, empleando ahora imágenes propias para atemorizarlo, o expresiones llenas de ternura. Llegó hasta decirle que si era menester perecer, tenia que ser con honor y sin aguardar que llegaran a ahogarlos a los dos sobre el parquet del departamento”.

Después de la revuelta del 20 de junio de 1792, durante la cual el populacho invadió las Tullerias y los soberanos estuvieron a punto de ser asesinados, temieron las consecuencias del 14 de julio. Nos dice Madame Campan:

“El rey y la reina se vieron obligados a asomarse a los balcones… No dudaban que habrían fijado su muerte para ese día de fiesta nacional”.

Madame Campan mandó hacer una pechera protectora para que se la pusieran al rey ya al reina;
esta pechera resistiría a las puñaladas y hasta las balas.


Madame Tourzel

Muchos planes de evasión fueron presentados a los soberanos, después del 20 de junio. Aconsejado por al reina, el rey los rechazó. Propusieron a Maria Antonieta que huyera sola. Tampoco aceptó. Madame Tourzel, gobernante de los hijos reales, nos cuenta su respuesta:

“He tomado mi decisión: me parecería la mas indignas de las cobardías abandonar en el peligro al rey y a mis hijos”.

Si rehusaba huir, es porque en realidad no había perdido aun todas las esperanzas. El 3 de julio de 1792 escribió a M. de Fersen:

“Nuestra situación es espantosa, pero no se inquiete demasiado;
siento que tengo valor y algo me dice que pronto estaremos a salvo y felices. Esta idea me da ánimos… Adiós. ¿Cuándo podremos vernos en tranquilidad?”.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por ESTEFANIA el Vie Ago 08, 2008 3:23 am

INCREIBLE. Shocked Shocked Shocked Shocked Shocked ...oye pedroro eres conchudo descarado o lo uqe sea pero tienes una informacion magnifica Shocked Shocked me habian dicho que aqui hay algunas cosas de mi delfina pero esas cosas tan magnificas!!!
de verdad y de corazon como dice mi querida druxa t luciste :smt041

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Sáb Ago 09, 2008 6:48 am

MIRABEAU, LA FAYETTE Y BARNAVE TRATARON DE SALVAR A LA REINA

Estudiando la conducta de la reina durante el periodo comprendido entre la apertura de los Estados Generales hasta la caída del trono, el 10 de agosto de 1792, parece, sin embargo, que puede percibirse mejor una verdad psicológica que es la comprobación de la frase de Chamfort: “En las grandes cosas, los hombres se muestran como quieren mostrarse;
en las pequeñas, se ven tal como son”.

Durante los momentos cruciales que vamos a evocar, la reina mostró a veces una grandeza de alma que nos hacen pensar que los detractores estaban en un error;
en cambio, se destaca su falta de sentido político, y por su estrechez de miras incorregible, dejó escapar todas las numerosas ocasiones que se le ofrecieron para cambiar su destino.



Si hubiera incitado al rey para que siguiera los consejos de aquellos que vieron acertadamente, la Revolución habría logrado el establecimiento de una Monarquía constitucional bastante ajustada a los deseos de los franceses;
la reina, por el contrario, rechazó las concesiones en un momento oportuno y no quiso sacar provecho de la ayuda lúcida que le ofrecieron hombres abnegados a su causa y de los que fuera de Fersen, que era un personaje al margen de la política, sólo nombraremos a 3 de ellos: Mirabeau, La Fayette y Barnabé.

Para una joven archiduquesa hija de un Emperador romano germánico, imagen laica de Dios sobre la tierra y que había salido de la corte de Viena para dominar en la de Versalles, la reunión de los Estados Generales era un fenómeno incomprensible.

Hasta entonces, el oficio de la reina habría significado para Maria Antonieta una sucesión de fiestas destinadas a borrar de su mente el fracaso de su vida conyugal. Estas distracciones, que tanto le reprochó el público, fueron ante todo los deslices de una mujer ligera, después el retiro de una mujer decepcionada a las soledades campestres, donde la madre buscó las alegrías que había ignorado la esposa.

Un profundo egoísmo desarrollado por los continuos halagos habían tenido alejada a la reina de los problemas del gobierno e ignoraba los desacuerdos que hacían cada vez mas graves entre la corona y los franceses.


Serment du Jeu de paume

En mayo de 1789, el drama personal de Maria Antonieta eran de orden doméstico y familiar: el Delfín estaba moribundo y todo cedía ante ese sufrimiento íntimo. Por otra parte, la solución de los problemas políticos y sociales que atormentaban al pueblo francés no tenían porque cambiar las costumbres de vida habituales de la reina.

Móviles tan sencillos como estos son los que determinaron su rigidez en la crisis de junio de 1789;
a estas razones, es conveniente agregar una psicológica, pero también de orden familiar: era preciso hacer frente al duque de Orleáns, que encarnaba por si solo en su mente, la oposición al antiguo régimen.

Hay que considerar todos estos datos para juzgar la intervención decisiva de la reina ante el rey Luís XVI, con ocasión del consejo que tuvo lugar después del juramento del juego de la pelota (Jeu de Paume).

El soberano se rindió a las razones de Necker: estaba listo para acceder a la reunión de las 3 Ordenes en una sola Asamblea, en consentir el voto de los impuestos por los representantes del pueblo y el acceso de Thiers en los empleos reservados, cuando Maria Antonieta hizo llamar a su real esposo durante la sesión:

No se ha conseguido nada, dijo Necker al oído del conde de Montmorin.

Vio con mucha certeza. La reina dolorida por la reciente muerte de su hijo impuso al rey que se mostrara firme. Inmediatamente Luís XVI levantó la sesión del Consejo para reflexionar.


"
Monsieur, allez dire à votre maître que nous ne quitterons nos places que par la puissance des baïonnettes"


El 23 de junio, adoptando la actitud intransigente preconizada por la reina, tuvo una sesión real y rechazó todas las concesiones, ordenando la separación de las tres Órdenes. Y el resultado primordial fue una famosa escena cuyo héroe fue uno de nuestros tres personajes:

Dígale a su amo que estamos aquí por la voluntad del pueblo y que sólo saldremos obligados por las bayonetas, gritó el conde de Mirabeau al marqués de Dreux-Brezé, que era el portador de las órdenes de Luís XVI. La fermentación de los días que siguieron se tradujo en hechos espectaculares. Vemos aparecer el segundo personaje. El 11 de julio, la asamblea eligió a La Fayette como vicepresidente;
menos de una semana mas tarde, era el comandante de la guardia nacional.



Mientras tanto el pueblo se había tomado la Bastilla, y se alzaba el alba de los nuevos tiempos.

En un anhelo de paz, el rey Luís XVI hizo una visita a Paris el 17 de julio. Recibió la escarapela tricolor de manos de Bailly, elegido alcalde de la capital, y de La Fayette, comandante de sus tropas, y ratificó todas las decisiones que se habían tomado contra su voluntad.

Regresó a Versalles cuando ya caía la noche;
estaba rendido de cansancio y abrumado de humillación. Maria Antonieta lo aguardaba, loca de inquietud, temiendo que hubieran masacrado a su marido.

Cuando divisó la escarapela tricolor en el sombrero del rey, le dijo secamente.

No sabía que me había casado con un plebeyo.

Encontraba que el rey había cedido demasiado;
las masacres volvieron a comenzar y Francia se vio arrasada los días siguientes, por una ola de desmanes que parecían haber sido organizado secretamente por los políticos.


Jean Sylvain Bailly alcalde de Paris

Mientras los campos estaban poseídos de terror, en Paris la agitación era inmensa y mataban salvajemente al consejero del parlamento Foulon y su yerno Bertier de Sauvigny, el notable intendente de la Generalidad de Paris.

En la Asamblea se refirieron a estos trágicos acontecimientos y los derechistas reclamaron pidiendo venganza por la sangre de Bertier.

Entre la izquierda se elevó una voz para preguntar:

¿Era tan pura esa sangre?

Esa voz era de un joven abogado de Grenoble, diputado del Delfinado;
ese hombre se llamaba Barnave y es nuestro tercer personaje.

Estos tres rostros emergieron en menos de 3 meses. Mirabeau era un gentilhombre asediado por sus acreedores y por sus crímenes. La Fayette, héroe de la guerra de independencia, era una persona sospechosa para la aristocracia a causa de su republicanismo. Barnave era un simple burgués, que humillado por los nobles provincianos cayó en las nuevas ideas.

Por un extraordinario encadenamiento de circunstancias estos tres hombres tuvieron muchas probabilidades de salvar a la reina de la ola revolucionaria;
trataron de conseguirlo empeñando toda su alma y su valor. La reina sucumbió en el huracán por no haberlo sabido comprender en el momento oportuno.


Última edición por el Mar Oct 07, 2008 2:28 am, editado 1 vez

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Dom Ago 10, 2008 5:23 am

De Versalles a Paris

El verano de 1789 destacó toda la incomprensión de Maria Antonieta ante la Revolución.

Mientras que la Asamblea General, que sesionaba sin descanso, echó por tierra en pocas semanas todo el sistema administrativo y social del antiguo régimen, Maria Antonieta, que conservaba su completo dominio sobre el rey, creía que sólo bastaba resistir con la fuerza para recuperar las riendas del poder.

Por eso Luís XVI, sin rechazar abiertamente, demoro, por medio de ciertas maniobras dilatorias, en aprobar la ejecución de las voluntades de la Asamblea: no ratificó las decisiones que se habían tomado la noche del 4 de agosto y preparó secretamente la llegada de algunos regimientos fieles que rodearon Versalles y pusieron fin a las actividades de los diputados.

A principios de octubre de 1789, presidió imprudentemente un banquete en honor de los oficiales del regimiento de Flandes, y con esto ofreció el pretexto tan buscado para la revuelta que convirtió a la realeza prisionera del populacho de Paris.


La Fayette

El día 5 de Octubre, La Fayette, que en vano trataba de detener la muchedumbre de Paris, se vio obligado a marchar sobre Versalles;
el pueblo deseaba que el rey abdicara y La Fayette fuera el regente. La Fayette pensaba que su acción personal contendría a los revoltosos y de este modo podía salvar a la familia real.

Cuando llegó al palacio de Versalles la noche del 5 al 6 de octubre, lo encontró asaltado por una multitud rugiente.

Penetró a los departamentos reales donde lo trataron desdeñosamente de Cromwell. A esa misma hora, Mirabeau, que comprendía el peligro, suplicaba a la Asamblea que sostuviera al rey. Este hizo una tardía concesión, aceptando firmar los decretos, que durante dos meses había rehusado sancionar.

Esta satisfacción que dio a los diputados pasó inadvertida para los amotinados;
permanecieron la noche junto al vivac para dar el asalto a la madrugada.



Maria Antonieta despertó sobresaltada en el momento que uno de sus guardias ensangrentado abría la puerta para gritar:

¡Salven a la reina!

La soberana se encontraba frente a frente con la Revolución;
las puertas del palacio habían sido forzadas por una jauría ávida de carne humana.

La desgraciada huyó a medio vestir por una puerta disimulada, y con mucha dificultad logró reunirse con el rey por un pasaje secreto.

La muchedumbre exasperada reclamaba la presencia de la reina en los balcones. Heroicamente se mostró ante el populacho, creyendo que de un momento a otro la matarían de un balazo.

La Fayette salvó la situación;
salió al balcón junto a la reina y ante la multitud que pedía a gritos la muerte de sus soberanos, besó galantemente la mano de Maria Antonieta.

Este gesto apaciguo el ambiente. Los revoltosos que habían ido a Versalles para masacrar se contentaron con exigir el regreso de la familia real a Paris.



Mientras se organizaba apresuradamente la partida, este hacia decidir a la Asamblea constituyente, que siendo inseparable del soberano, en adelante sesionaría en Paris.

En la noche del 6 de octubre, todo estaba consumado. La familia real y la Asamblea, instaladas en la capital, se convertían en prisioneros virtuales del pueblo parisiense.

Solo La Fayette y Mireabeau conservaban bastante autoridad para permanecer como árbitros de la situación. La Monarquía se habría salvado si ambos hubieran unido sus fuerzas.

Desgraciadamente estos dos hombres se odiaban, y lo mas grave aun, era que la familia real detestaba tanto a uno como al otro.

Aun cuando La Fayette consiguió que el duque de Orleáns fuera desterrado a Londres, Maria Antonieta no se confió en el comandante de la Guardia Nacional.


Felipe Igualdad

Y Mirabeau, que deseaba llegar hasta los primeros cargos, creyó que ya había llegado el momento de colmar sus anhelos.

Mirabeau y Maria Antonieta

Desde las jornadas de octubre de 1789 hasta el mes de abril de 1791, Mirabeau se convirtió en al figura principal, desempeñando un doble papel en el escenario de la Asamblea y entre los bastidores de la Corte.

El 15 de octubre el tribuno propuso a la corona un plan de salvación. Como no aceptaron su ofrecimiento, trató en vano de subyugar a la Asamblea para que lo nombraran Primer Ministro. En respuesta a esta maniobra, los diputados votaron la incompatibilidad de las funciones de diputado y de Ministro.

Mirabeau no vio otra solución que convertirse en un Primer Ministro oculto. Por sus repetidos ataques contra la realeza en la tribuna, se hizo tan temible, que Maria Antonieta creyó que era necesario neutralizarlo comprándolo.

“Felizmente para él, dijo con mucha ironía La Fayette, M. de Mirabeau sólo traicionó respecto a sus convicciones”



En el mes de mayo de 1790, el rey pagó las deudas de Mirabeau, y el tribuno se comprometió para salvar todo lo que aun pudiera ser librado;
por medio de informes semanales advertiría a la Corte sobre el camino que les convendría seguir.

Esta idea era excelente, pero a consecuencias de la influencia de la reina no se siguió. Al subvencionar a Mirabeau, la corona entendía que únicamente se trataba de neutralizar;
no pensaba emplearlo como guía.

Este trágico malentendido, que duró más de un año, dio para que la situación se envenenara de una manera irremediable, y cuando la reina lo comprendió, ya Mirabeau había muerto.

Los primeros informes redactados en mayo y junio de 1790 habían retenido la atención de la reina porque atacaban a La Fayette, “el ciudadano con quien menos puede contar el rey”.

Mirabeau había sabido halagar a la reina con frases que se han hecho celebres:

“El rey solo cuenta con un hombre: su mujer. Para ella hay solo una seguridad, es el restablecimiento d la autoridad real. Creo que no desearía vivir sin su corona;
pero de lo que estoy bien seguro es que no podrá conservar su vida si pierde la corona”.


Maria Antonieta y Mirabeau

Emocionada por estos acentos, Maria Antonieta aceptó recibir en secreto a Mirabeau. La entrevista tuvo lugar en el castillo de Saint Cloud, el 3 de julio de 1790. Sus detalles nos e conocen a ciencia cierta. Al final de la conversación la reina dio la mano al tribuno: este la besó diciendo:

Madame la Monarquía se salvará.

Después de ese encuentro, decía Mirabeau:

Es tan grande, tan noble y tan desgraciada. La salvaré. Nada podrá detenerme;
prefiero morir antes que faltar a mí promesa.

En realidad, en sus informes semanales, el tribuno trazaba un plan para salvar la Monarquía el que se conoce en la historia con el nombre de “Nota cuarenta y siete”

Pero para disimular sus secretas actividades, Mirabeau se vio obligado a dar ciertas seguridades a la Asamblea y sostener unas ideas tan avanzadas, que la reina jamás pudo creer en la sinceridad de su consejero.

Como consecuencia de esta desconfianza, el plan de Mirabeau no recibió jamás orden de ejecución, fuera de una idea que había seducido enormemente a la reina, o sea, la huida hacia la frontera del este, lo que representaba a Maria Antonieta la esperanza de una connivencia con su Austria natal.


François Claude de Bouillé

En febrero de 1791 se puso en contacto con el marqués de Bouillé, comandante del sector de Metz, y este aprobó por completo los planes que se le sometieron.

Mientras tanto, Mirabeau, cuya salud se había gastado prematuramente a consecuencia de una vida muy agitada y los excesos de libertinaje, se desplomó súbitamente.

Sus últimas palabras llegaron hasta el corazón de la reina:

“Llevo conmigo el duelo de la Monarquía, dijo el tribuno moribundo, sus despojos serán el botín de los facciosos”.


Barnave

Y con una intuición sorprendente, designó como sucesor suyo a Barnave, cuando el avisaron que este acudió para imponerse de su salud., Barnave es un árbol joven que pronto será el mástil de una nave.

¿Quién habría sido capaz de predecir que la única parte del plan elaborado por Mirabeau iba a permitir al joven diputado delfines reemplazar al representante de Aix, cuyo destino súbitamente interrumpido dejó a la Monarquía en tan grave peligro?

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por druxa el Dom Ago 10, 2008 6:42 pm

gracias Pedroro, maravilloso todo lo que has puesto.
felicidades compatriota. ;
)

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Miér Ago 13, 2008 4:46 am

Maria Antonieta y Barnave

De todo lo que había planeado Mirabeau para salvar la monarquía, sólo se realizó el proyecto de fuga. El ejecutante fue un gentilhombre sueco, el conde de Fersen, a quien el rumor público señalaba como amante de la reina.

Las peripecias de este viaje, interrumpido en Varennes, son muy conocidas;
la ligereza de la reina fue una de las causas fatales que hicieron fracasar esta empresa;
el resto se debió a la indolencia del rey. Detuvieron a la familia real por iniciativa de La Fayette, quien creía que la ausencia del soberano produciría una anarquía sin precedentes en al historia de Francia.



Cuando se supo la detención de la familia real, la asamblea, por instigación de La Fayette, envió a 3 diputados al encuentro de la berlina que regresaba llevando a Paris al rey y a su familia. Estas 3 personas, que debían ocuparse de la seguridad del regreso, eran: el realista Latour Maubourg, el republicano Pétion, y un constitucional, Barnave.

Esta elección tuvo enormes consecuencias: Latour Mauburg hizo subir en el carruaje a sus dos asesores con la esperanza que esta toma de contacto fuera benéfica para los soberanos cautivos. El aristócrata había pensado acertadamente: Pétion se enamoró de madame Elisabeth;
en cuanto a Barnave, emocionado con la dignidad y el infortunio de la reina, se juró salvarla, aun cuando se jugara su cabeza.

Casi inmediatamente se le presentó a Barnave la ocasión de actuar. La asamblea había suspendido los poderes reales y en ese momento se discutía si seria conveniente enjuiciar a Luís XVI.

El 13 de julio, Barnave osó decir en la tribuna:

Ustedes llegan hasta ponerse delirantes de furor porque el hombre-rey ha cometido una falta, ¿entonces ustedes se prosternarían a sus pies como esclavos si hubiese halagado vuestros gustos?, y vean bien el peligro que encierra tal disposición, porque la nación francesa, ya lo saben ustedes, ama mejor que lo que sabe odiar.

La elocuencia de Barnave, el mejor orador de la Constituyente, desde que había muerto Mirabeau, hizo un gran efecto, tanto mas que el orador demostró que era la única garantía de las libertades que habían conquistado.


Barnave

De modo que Luís XVI fue restablecido en sus poderes y por iniciativa de Barnave decidieron revisar la Constitución para reforzar el poder ejecutivo.

Como estas decisiones provocaron un levantamiento, La Fayette no vaciló en ordenar la marcha de la Guardia Nacional contra los revoltosos;
el 17 de julio murieron 50 personas y mas de mil resultaron heridos con el fuego de fusilería que estalló espontáneamente en el Campo de Marte cuando la muchedumbre respondió a las advertencias que se le hicieron por vías regulares, lanzando lluvias de piedras.

La Fayette detuvo la masacre, pero habían recibido la lección: bastaba un poco de energía para encausar el torrente;
ésta era la opinión de Maria Antonieta.

Por eso la reina consintió en recibir a Barnave y escuchar sus consejos.

Bajo su influencia, Luís XVI consintió en prestar juramento de la constitución en 1791. Barnave no podía formar parte de la Legislativa, porque así lo disponía la ley electoral;
pero en compensación, podía permanecer como el consejero secreto de la Corona. Retirado al Delfinado la mayor parte del tiempo, generalmente daba sus opiniones por correspondencia. Los soberanos seguían sus consejos y Luís XVI rehusó su sanción a los decretos que condenaban a los emigrados y a los sacerdotes refractarios, cuando el mismo Dumouriez, convertido en Primer Ministro, aseguraba que bastaba la anulación del veto real para asegurar el restablecimiento del orden.


Dumouriez

Como se ve, Barnave supo inspirar confianza a la reina, pero parece que sus consejos no fueron tan pertinentes como los de Mirabeau.

Desgraciadamente si el descubriendo póstumo de las cartas de Mirabeau a la reina le costó a éste el destierro del Panteón, Barnave pagó con su cabeza su valor y su abnegación: internado en Fort-Barraux desde el 29 de agosto de 1792, fue trasladado a Paris el 28 de noviembre de 1793 y guillotinado seis semanas después de la soberana, a la que había sacrificado todo.

Maria Antonieta y La Fayette

Cuando Barnave pagaba su fidelidad con su cabeza, La Fayette, que había desertado, estaba enterrado vivo en las prisiones austriacas.

Allí podría meditar tristemente sobre la incomprensión de una reina a quien había deseado salvar con tanto ahínco y que durante la Asamblea Legislativa había perdido voluntariamente dos ocasiones que pudieron ser decisivas.

Ya hemos visto cuantas veces desde 1789 hasta 1791 La Fayette salvó situaciones al parecer irreparables, con su sola presencia. Alcanzó la cúspide de su popularidad en la Fiesta de la Federación, el 14 de julio de 1790. Ese día dio la impresión que dominaba de tal suerte a todos los otros políticos, que la reina, inquieta sin razón, había multiplicado los medios para abatir al hombre que le era totalmente abnegado.


Fiesta de la Federación

Cuando la Legislativa entró en funciones, el poder de la Fayette sufrió un rudo golpe. La energía que había demostrado en al revuelta del Campo de Marte inquietó vivamente a los republicanos;
vieron en La Fayette, si no un posible dictador, por lo menos a un general susceptible de llegar a un pronunciamiento.

Como sus poderes como comandante de la Guardia Nacional se habían visto disminuidos, La Fayette, que no podía ser diputado, pensó en afirmar su situación tratando de conseguir el nombramiento de alcalde de Paris.

La elección debía efectuarse el 14 de noviembre de 1791. Maria Antonieta lo tomó como asunto personal y dio libre curso a sus rencores. Hizo que los votos de los realistas recayeran sobre un comisario que los había acompañado a su regreso de Varennes, el mediocre Pétion.


Pétion

Como consecuencia de esa absurda maniobra, Manuel fue elegido procurador de la Comuna, y Danton substituto. La misma reina colocó en su sitio a aquellos mismos que mas tarde la hicieron sucumbir.

La Fayette, profundamente apenado por esta incomprensión, pidió que lo reincorporaran al servicio activo y muy pronto recibió el comando en jefe del ejército del Norte.

Porque se aproximaba la guerra. La reina no solo impulsaba a su sobrino Francisco II, sino que le escribía continuamente, y el carácter de su correspondencia fue considerado como una traición a los ojos de los patriotas.

Los primeros desastres que sufrieron al comenzar las hostilidades, el rechazo de Luís XVI para firmar los decretos contra los emigrados y los sacerdotes refractarios, provocaron el 20 de junio de 1792 la invasión del populacho a las Tullerias.


Asalto a las Tullerias

La Fayette, que desde su puesto de comandante en jefe había enviado muchos consejos de prudencia a la reina, ya no vaciló. A pesar de los riesgos de la operación, salió del cuartel general y fue clandestinamente a Paris con la intención de salvar a la realeza, aun a pesar de ella, si era posible.

Retornando a la aristocracia, donde había nacido, el antiguo comandante de la Guardia Nacional pidió que la legislativa lo escuchara en una sesión.

Fue admitido el 28 de junio de 1792. Era un importante discurso, pidió que se persiguiese a los promotores de los desordenes y pintó la indignación que estos desmanes provocaban en el ejercito.

Contrariamente a lo que hubiera temido, la asamblea lo escuchó con atención y muy luego con simpatía. Las sugerencias preconizadas por el general obtuvieron una inmensa mayoría de votos. Seguro de haber reconquistado su popularidad, La Fayette se sintió lo suficientemente dueño de la situación como para intentar un golpe de estado militar.


La Fayette

Muy satisfecho de las perspectivas que se abrían ante él, se dirigió a las Tullerias. La acogida fue fría;
la reina se mostró hostil.

Cuando salió el visitante, Maria Antonieta dijo en alta voz.

¡Ya veo que M La Fayette desea salvarnos! ¿Pero quien nos librará de él?

Sobreponiéndose a sus rencores, La Fayette llevó a cabo su proyecto, aun cuando se jugaba la cabeza. Convocó a una revista a las divisiones fieles de la Guaria Nacional, estaba decidido a ponerse al frente de ellos y cerrar el club de los Jacobinos y, si era necesario, disolvería la Legislativa por medio de la fuerza.

Maria Antonieta, impuesta de este proyecto, hizo prevenir a Pétion. Inmediatamente el alcalde de Paris hizo dar las contraordenes necesarias. Para que no lo detuvieran, La Fayette tuvo que abandonar precipitadamente Paris.

Con este último error, la reina selló su propio destino. Menos de cuatro semanas más tarde, la revuelta del 10 de agosto provocaba la caída del trono. Por no haber querido comprender la Revolución, Maria Antonieta iba a ser su victima.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Sáb Ago 16, 2008 8:31 pm

UNA GRAN DAMA Y SU CABALLERO

Por una singular coincidencia en el año 1770, menos de 2 meses después de que Maria Antonieta se despidió de su patria, un sueco de 15 años salía de Estocolmo para hacer un largo viaje de estudios a través de Europa: era el conde Hans Axel de Fersen, hijo del feldmariscal y senador y de Hedwige Catherine de la Gardie. Su padre, propietario de numerosos dominios y castillos de Suecia, había servido en Francia durante 13 años, al frente del regimiento Royal Suédois (Real Sueco)

Después de visitar Alemania, Suiza e Italia, Axel llegó a Paris en noviembre de 1773. Todas sus impresiones las anotó en su “Diario”, que es un documento de gran valor informativo, y que está donde su pariente, la baronesa de Klinckowström, en el castillo de Stavsünd. Medio estudiante, medio hombre de sociedad, lo invitaban a los salones mas distinguidos, recibía, salía todas las noches, iba de la Opera a los Italianos, poseía coche y lacayos. Le agradaba vestirse bien y con elegancia.


Stavsünd

Frío y distante, quizás por timidez, Fersen llamaba la atención por sus modales discretos y su distinción. Desprovisto de toda impulsividad, llevaba una vida lujosa y brillante, lo recibían los reyes y los príncipes, pero conservaba su modestia innata.

Las damas de la sociedad sólo pedían caer en sus brazos;
las aceptaba, siempre que fueran bonitas;
las apreciaba dentro de lo que valían, si eran bellas;
pero él no se entregaba. Quizás si, inconscientemente, se reservaba para el gran y único amor de su vida…

Un encuentro turbador

El 30 de enero de 1774, se encontraba Maria Antonieta en el baile de la Opera luciendo dominó y antifaz, cuando apareció Axel de Fersen, sin máscara. Alto, delgado, muy apuesto con su traje de una perfecta elegancia (lo había mandado a hacer esa misma mañana, exigiendo que se lo entregaran en la tarde), con el rostro de facciones regulares y serias, ojos melancólicos, escondidos tras las cejas muy pobladas, el sueco de 19 años no tenia nada de un pisaverde, y a primera vista se adivinaba en él al hombre acostumbrado a los ejercicios físicos.


Fersen

¿Reconoció la delfina a Fersen, ya que habría sido presentado al rey el 1 de enero, y de que habría bailado en la Corte el 10? ¿Su cuñado el conde de Artois u otro cualquiera del grupito le diría que era el sueco por el que enloquecían las damas de la nobleza? ¿O sencillamente la delfina lo encontró simpático y apuesto? Se ignora. En todo caso, ella avanzó hacia él con su andar etéreo, le habló diciéndole algunas frases alegres.

Fersen adivinó que se trataba de una mujer de mundo, elegante y bonita. Lleno de curiosidad respondió a la traviesa, esforzándose por mostrarse espiritual. Ella se rió;
hablaba con voz clara, bien timbrada, con la seducción de un ligero acento extranjero (¿Qué quizás lo simularía?). Fersen deseaba en vano adivinar quien era ésta linda mascara;
sólo veía sus ojos celestes de pervinca, del color azul claro de los lagos suecos al amanecer. A sus preguntas el dominó respondía riéndose;
a sus cumplidos con bromas. Pero se acercaron varias damas, rodearon a la desconocida y la arrastraron, con gran decepción de Fersen. Y estupefacto, oyó que en torno a él murmuraban: “¡La delfina!”…



Así fue como se conocieron Maria Antonieta y el conde sueco. Encuentro singular: ese dominó que aparecía y huía, ¿seria el símbolo de la felicidad que sonrió a Fersen en un principio y después se esfumó, pero cuyo recuerdo lo embargó hasta su muerte?

Después de una estada en Londres, Fersen regresó a Suecia. Se compartía entre sus deberes de oficial, de cortesano, de hijo y de brillaba en los torneos de Gustavo III, el mejor director de su siglo, organizaba en Gripsholm y en Uriksdal. Se exhibia en los espectáculos de la corte, vestido de pastor, de jockey, de gigante, y también como domador de osos. Al fin del verano de 1778, Axel, que tenia veintitrés años, regresó a Paris. Se instaló cómodamente y vivía con cierto lujo. Gastaba más de mil libras al mes, tanto, que su padre, que era muy ordenado se asustó.


Gustavo III

De Creutz, ministro de Suecia en Paris, lo presentó a Luís XVI y a Maria Antonieta. “¡Ah, es un antiguo amigo!”, dijo la reina, que no se había olvidado del baile de mascaras de 1774. En adelante, Maria Antonieta invitó con frecuencia al joven sueco a su mesa de juego. Escribió a su padre: “…Es las mas linda y la mas amable de las princesas que he conocido”. “¿La mas amable?”, es decir, ¿la mas digna de ser amada?...



El conde, a quien los suecos llamaban “der larga Fersen”, y los franceses “el apuesto Fersen”, frecuentaba los círculos íntimos de la reina con su compañero el conde Stedingt;
lo invitaban a las veladas del Trianon y a las fiestas que ofrecían en honor a Maria Antonieta las princesas de Lamballe y de Polignac. Los cortesanos comentaban su éxito con la reina;
decían que Maria Antonieta se dedicaba a él con mucha frecuencia;
que lo miraba con insistencia y que había cantado con lágrimas en los ojos el cuplé de Dido:

¡Ay, cuan bien inspirada estuve cuando lo invité a la corte…

Pronto los rumores degeneraron en calumnias, los comentarios en pérfidas insinuaciones;
el nombre del conde sueco figuró en la lista de amantes de la reina, quien en realidad no tenía ninguno. Fersen lo supo.

Como estaba enamorado de Maria Antonieta y no deseaba comprometerla, Axel tomó la resolución más valiente: se alistó en el cuerpo expedicionario que apoyó los Estados de Norteamérica en la guerra de la independencia contra Inglaterra. Partió en el mes de marzo de 1780, como edecán del general Rochambeau, y sólo volvió a Paris cuando terminó la guerra en 1783, se había distinguido mucho, tanto que Rochambeau le escribió a Luís XVI: “El conde de Fersen es un oficial en cuyo talento puedo confiar muy a menudo”.


Rochambeau

Fersen de 28 años se instaló en una casa de la calle Matignon, y veía con frecuencia a la reina. No deseando molestar a su padre, dio algunos pasos con ánimo de casarse con Mlle Lyell, y después con Mlle Necker, hija de un banquero genovés, ambas ricas herederas. Pero escribió a su hermana, la condesa Sofía Piper, el 31 de julio de 1783: “No puedo pertenecer a la única persona que amo, la única que me quiere de veras. De modo que prefiero seguir como estoy…”. Nombrado Comandante propietario del regimiento Royal Suédois (Real Sueco), que estaba sirviendo en Francia, y teniente coronel de la caballería ligera del rey de Suecia, acompañó a Gustavo III en un viaje que hizo a Italia y después a Francia, en agosto de 1784;
regresó a Paris, en agosto de 1785. Hizo paseos con la reina;
pertenecía a su círculo de amigos.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Dom Ago 17, 2008 10:32 pm

Un ángel de bondad

1789: ¡año crucial! Las escenas se sucedían: Luchas en los Estados Generales, muerte del primer delfín, toma de la bastilla, marcha de las mujeres de Paris sobre Versalles, revuelta del 5–6 de octubre y regreso forzado de la familia real a Paris. La reina pudo oír las injurias más atroces y amenazas de muerte. Fersen le escribió a su hermana: “La reina es muy desgraciada, pero tan valiente. Es un ángel de bondad… Trato de consolarla lo mejor que puedo. Se lo debo: ¡es tan perfecta conmigo!”


Fersen

A fines de diciembre pasó un día entero con ella y con otros parientes de la corte: “Juzga mi alegría, le contaba a Sofía. Sólo tú puedes comprenderla”.

1790: La situación se agravaba en Francia;
la insurrección abarcó hasta el ejército, que se disgregó. Se rebelaron las tropas, masacrando a los oficiales. Fersen fue el hombre de confianza de, los soberanos de Francia y de Suecia, el agente de enlace entre ambas cortes.

1791: Fersen cifra y descifra los mensajes en clave entre Estocolmo y Paris, redacta notas y consejos, transmite órdenes, envía informes a Gustavo III y a su ministro Taube. De acuerdo con Maria Antonieta, prepara la huida de la familia real, cuya situación no cesa de empeorar. El general marqués de Bouillé, gobernador y comandante de las tropas de los Tríos-Evêchés, de Alsacia y del Franco Condado, que estaba en el complot, envió a su hijo donde el rey para estudiar los planes de evasión. El rey Luís XVI lo mandó donde Fersen: “Sus Majestades desean que en adelante se entienda con M. Fersen, quien tiene todas las instrucciones”, escribió más tarde el joven de Bouillé. Fersen se multiplicaba: se procuró de pasaportes falsos, encargó y ensayó un coche, contrató guardias y cocheros, compró caballos provisiones. Se arruinaba tratando de salvar a la familia real: gastó 10.000 libras de su bolsillo. Pidió prestado a sus amigos 600.000 libras, y envió un millón de asignados 8papel moneda usado durante la Revolución) al marques de Bouillé, que pedía “la mayor cantidad posible de dinero”, bajo un nombre falso, envueltos en tafetán. Axel de Fersen se jugaba la vida, porque a la menor sospecha procederían a arrestarlo y a ejecutarlo.

Su “Diario” nos informa sobre sus actividades durante los últimos días: Jueves 16 de junio, Estuve donde la reina a las 9:30 horas;
yo mismo transporté sus efectos personales;
nadie sospecha nada;
tampoco en la ciudad.

Sábado 18 de junio. He estado donde la reina desde las 2:30 hasta las 6 horas.

Domingo 19 de junio. Donde el rey. Llevé 800 libras y los sellos. Me quedé en el castillo desde las 11 horas hasta la medianoche.


Escape de las Tullerias

La huida de Varennes

Por fin el 20 de junio de 1791 todo quedó listo para la huida. Pero era preciso salir del castillo de las Tullerias, lo que no era tan fácil: cada puerta, cada salida, estaban vigiladas;
el palacio era una vasta celda guardada por seiscientos hombres. Disfrazado de cochero, envuelto en una capa, Fersen sacó a los dos hijos de Francia. Después de muchas peripecias, la familia real se encontró en el hotel de la duquesa de la Vallière, atravesó la barrera Saint Martín en un coche manejado por el conde y subió a la berlina que los aguardaba en el camino con todas las luces apagadas. En Bondy fue preciso separarse, por orden de Luís XVI. Efectivamente, ya el 29 de mayo Fersen le había escrito al marqués de Bouillé: “El rey no ha permitido que los acompañe en el viaje…” El duque de Levis da en sus “Memorias” la explicación siguiente: “Bajo muchos aspectos no convenía que M. Fersen se hiciera cargo en esta ocasión de un puesto que pertenecía a un gran señor francés”.


Drouet

Acompañada por 3 guardias disfrazados, la berlina tomó la ruta de Chalons, mientras que M. Fersen se dirigía hacia el norte. Gracias a su “Diario”, nos hemos impuesto de algunos detalles de la partida de Paris:

20 de junio: Nos pusimos de acuerdo inmediatamente, etc., que si los detenían, era preciso que me trasladara a Bruselas y tratara de conseguir, etc. Al despedirme el rey me dijo: “Señor de Fersen, suceda lo que suceda, jamás olvidaré todo lo que ha hecho por nosotros”. A las 10:15 horas estaba en el patio de los príncipes;
a las 11:15 horas saqué a los niños sin dificultad. La Fayette pasó dos veces. A las 11:45 horas, Mme Elisabeth, después el rey, enseguida la reina. Partimos a medianoche, llegando hasta la berlina estacionada en la barrera Saint Martín. A las 1.30 horas, en Bondy, tomé la diligencia…” Provista de pasaportes falsos, la reina viajaba con el nombre de baronesa Corp., con sus dos hijos, una institutriz, su intendente Durand (Luís XVI) Y TRES SIRVIENTES. El cabriolet que llevaba a las camareras precedía al coche, Encantado, Luís XVI dijo a uno de los guardias: “Me parece que este viaje se hará sin incidentes”. Pero en Saint Menehould lo reconoció el hijo del dueño de postas Drouet, que saltando a un caballo fue a dar el aviso a Varennes, cuando ya sólo faltaban dieciséis leguas para llegar a la frontera. Cerraron el puente, tocaron la campana de alarma, detuvieron los dos coches y sacaron los arneses de los caballos. Donde el almacenero Sauce, al rey le fue imposible ocultar su identidad. Acudieron los guardias nacionales desde las aldeas vecinas y los húsares pactaron con el populacho. Al día siguiente por la mañana, bajo las amenazas de la multitud que gritaba: “¡A Paris! ¡A Paris o los fusilamos!”, la familia real subió a la berlina que los llevó de nuevo a la capital.



La reina llevando a un lado al duque de Choiseul, le preguntó en voz baja, descubriendo así su amor:

¿Cree usted que se ha salvado M de Fersen?

La separación

Volvamos a Fersen en el momento de la separación, en la noche del 20 al 21 de junio. “El rey lo besó con cálida efusión y le dio las gracias con una bondad conmovedora”, cuenta Moustier, uno de los guardias de corps disfrazados. Fersen vio alejarse con pena la berlina que llevaba a Luís XVI, a la reina adorada y sus dos hijos. Al trote de seis caballos, el carruaje se perdió en la noche clara y apacible. El pañuelo blanco de Maria Antonieta se agitó por la portezuela y fue disminuyendo rápidamente, hasta convertirse en un punto apenas perceptible. El coche desapareció. Sólo se oían a lo lejos el trote de los caballos y el chasquido del látigo;
después, el campo quedó en silencio. Fersen permaneció largo rato de pie, sin sombrero, inmóvil buscando con la mirada la carroza que se desvaneció y el pañuelito invisible. Estaba solo, y las lágrimas corrían por sus mejillas.

Al día siguiente llegó a Lens sin dificultad: el 28 estaba en Arlon, donde encontró al marqués de Boullié, que lo impuso de la catástrofe. Fersen anotó en su “Diario”.

“24 de junio: Una tristeza infinita… ¡Desesperado porque han detenido al rey!...”



Gracias a su sangre fría y a su valor, había conseguido sacar a la familia real de las Tullerias, lo que era la parte más difícil de su plan. Era muy posible que si Luís XVI hubiese aceptado que él los acompañase como cochero o como guardia, Fersen habría apurado a los caballos, evitando las imprudencias del rey y salvando a los fugitivos.

Después de la huida de Varennes, Fersen y Maria Antonieta se separaron;
la reina y su familia eran casi prisioneros. Fersen que estaba en Bruselas, no renunciaba a la lucha. Era el centro por donde pasaban todos los hilos de la madeja que se tejían entre Paris y las diversas capitales, pero que cada vez estaba más enmarañada.

Una loca empresa

Maria Antonieta ya no se hacia ilusiones respecto a su destino. Consiguió hacer llegar un mensaje a Fersen:

“La tranquilidad está pendiente de un hilo;
no hay seguridad en Paris”.


Y a la duquesa de Polignac:

“Nos vigilan como a criminales”.

Fersen sólo veía una solución: Luís XVI tenía que escaparse, atravesar la frontera para discutir de igual a igual con los otros soberanos y reducir a silencio a sus hermanos partidarios. Pero conocía el carácter irresoluto del rey;
para conseguir que tomara una decisión era preciso conversar largo rato con él y la correspondencia en clave era lenta, incierta y peligrosa. ¡Entonces Fersen decidió dirigirse a Paris! Así, en plena Revolución, el conde sueco, autor principal de la tentativa de
Fuga fracasada en Varennes, un extranjero proscrito y bajo orden de ser arrestado, a quien conocían los cortesanos y los servidores de la familia real, pretendió entrar a las Tullerias, que estaban bajo una constante vigilancia. ¡Era una locura! Pero a pesar de todo, Fersen insistió, con la esperanza de salvar a la que amaba.


Fersen

El 11 de febrero de 1792, acompañado por uno de sus oficiales más fieles, Reuterswerd, salió de Bruselas en una silla de posta. Irreconocible bajo una gran peluca, con un nombre falso, se hizo pasar por correo y llevó las cartas y un mensaje para Luís XVI, de parte de Gustavo III, en un sobre que se suponía que estaba dirigido a la reina de Portugal… Dos días más tarde, llegó a Paris a las 5:30 de la tarde. Tres horas más tarde estaba con la reina, con quien tuvo una larga conferencia. Se escondió en el palacio y al día siguiente vio al rey. Luís XVI lo escuchó, pero rehusó escapar, “porque estaba muy vigilado”. El 21 a medianoche, aprovechando las fiestas del carnaval y acompañado por Reuterswerd, Fersen salió de Paris y llegó a Bruselas el 24. Había visto a la reina por última vez. El 21 de enero de 1793, guillotinaron a Luís XVI. Y Maria Antonieta fue ejecutada el 16 de octubre.

El pesar de Fersen, que había seguido con angustia, los acontecimientos que se desarrollaban en Francia, fue indescriptible: el puntero de su vida se detuvo el 16 de octubre…

Sin embargo, el solitario había vuelto a Estocolmo donde lo abrumaban de honores. Fue nombrado embajador y jefe de la delegación sueca en el congreso de Rastatt (1796), donde fue muy mal recibido por Bonaparte. Mas tarde fue nombrado canciller de la Universidad de Upsala, miembro de la Orden de Serafines, teniente general, gran mariscal del reino.


Sofía Piper

En 1809 nombraron príncipe heredero al príncipe danés Carlos Augusto. De pronto, el 28 de mayo de 1810, murió. El conde de Fersen y su hermana, la condesa Sofía Piper, fueron acusados de haberlo envenenado. Durante los funerales del príncipe, que tuvieron lugar en Estocolmo, el populacho arrancó de su carroza al gran mariscal Axel de Fersen y lo masacraron del modo más salvaje. Sus últimas palabras fueron:

“¡Oh Dios mío! ¡Te ruego por mis verdugos, a quienes perdono!”

Esto sucedió el 20 de junio de 1810, día del aniversario de la huida de Varennes, que tuvo lugar el 20 de junio de 1791. Fersen llevaba una tabaquera de oro decorada con la miniatura de Maria Antonieta.


Carlos Augusto príncipe de la corona de Suecia

Un gran amor

Después de haber estudiado durante muchos años en Suecia los archivos oficiales y privados, los documentos, la correspondencia;
después de haber reconstituido minuciosamente la vida de la reina de Francia y del conde sueco, se ha llegado a al convicción de que no fueron amantes, a pesar de ciertas suposiciones. Después de Varennes, cuando se separaron posiblemente para siempre, Maria Antonieta no ocultó sus sentimientos. A pesar de la vigilancia de que era objeto, el 11 de agosto envió esta conmovedora carta al conde Esterhazy:

“Si usted le escribe (a Fersen), dígale que a muchas leguas de distancia y a través de muchos países, no pueden separarse dos corazones;
cada día mas me penetro mas de esta verdad”.

El 5 de septiembre envió a Esterhazy un anillo para su amigo. Le dijo: “Hágalo llegar a sus manos a nombre mío;
es justo para su dedo. Antes de enviarlo, lo he usado dos días. Dígale que va de parte mía;
no sé donde se encuentra;
es un suplicio espantoso no tener ninguna noticia y ni siquiera saber donde viven los seres que amamos”.



Templo del amor en Versalles

Como si este anillo no fuera suficiente, le envió desde su prisión un sello con esta divisa, la que, según decía ella, jamás había sido tan cierta: “Tutto a te me guida”. (Todo me lleva hacia ti).

Y le escribió también: “¡Adiós al mas amante y al mas amado de los hombres!” En cuanto a Fersen, este gentilhombre le dedicó a Maria Antonieta un amor tan respetuoso, hecho de admiración, de devoción, de agradecimiento. Según su propia expresión, era “un amor sagrado”. Sus actos lo probaron: renunció por ella a los altos cargos de la diplomacia;
por ella arriesgó muchas veces su vida. ¡Y la habría dado mil veces, sin vacilar, para salvar a la reina de Francia!

Después que la amada desapareció, sólo vivió en el pasado;
evocaba los días felices;
lloraba en los aniversarios tristes o trágicos, y desgranaba las horas del pasado, fecha por fecha. El mismo dijo.

Siempre está presente en mi memoria, y la lloraré toda mi vida… Jamás se borrará de mi corazón su imagen adorada.

Así se amaron Maria Antonieta y Axel de Fersen, hasta la muerte y mas allá: “Usque ad mortem et ultra”.

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Miér Ago 20, 2008 5:51 am

EN EL TEMPLE

La tragedia del Temple comenzó el 13 de agosto de 1792, en el momento en que la berlina real, arrastrada únicamente por dos caballos, salió del convento de Feuillants. Eran las 6 de la tarde. Pesaba sobre Paris un calor tórrido que no tardó en cambiarse en tormenta. En el coche se amontonaban la familia real, la princesa de Lamballe, Mme de Tourzel, Pauline su hija, Manuel procurador de la Comuna, el municipal Colonge y Petion. Tomaron por los bulevares. Agrupados al borde de la acera, un populacho enfurecido y amenazante blasfemaba injuriando. A las 7 de la tarde el coche entró en el recinto del Temple, situado en Saint Antoine, no lejos del sitio donde antes se levantaba la Bastilla.



En uno de los ángulos del recinto se encontraba la residencia que llamaban “el Palacio del Gran-Prior”. Allí se dirigía la familia real. Los aguardaba una cena fría, dispuesta por la Comuna. Los guisos eran de buena calidad, pero el servicio muy lento. Si no hubiera sido por la presencia de los municipales en medio de la sala y los cantos obscenos de los marselleses que estaban en el patio y en los jardines, habrían creído que se encontraban en los días tan cercanos y sin embargo distantes de Versalles y las Tullerias.

Cuando terminó la cena, Maria Antonieta se levantó, acompañada de la princesa de Lamballe, se dedicó a distribuir su nueva residencia. Su mirada se empañó a la vista de estos lugares donde no hacia mucho tiempo había asistido a fiestas tan brillantes, suntuosas recepciones…

¡Que decepción! ¿Se habría imaginado que no era la mansión del Gran Prior lo que le estaba reservada, sino el horrible torreón cuya masa inmensa y negra se perfilaba en el cielo de agosto?

La torre del Temple, de más de 50 metros de altura, se compone de un cuerpo enorme y vetusto que muestra en sus cuatro ángulos unas torrecillas apenas bajas. En su parte más delgada, las murallas tenían 3 metros de espesor. En el centro, y unidas por escaleras de caracol, cuatro grandes salas abovedadas. En ese momento no se trataba de encarcelar a la familia real en alguna de esas salas medievales, con artesonados podridos por la humedad y que eran completamente inhabitables debido a las glaciales corrientes de aire.



Mientras aguardaban que terminaran los trabajos de instalación ordenados por los municipales, Manuel encerró a los prisioneros en los locales reservados para la Conservación;
era el dominio del refinado Barthélémy, que por su parte no tuvo mas remedio que ceder su sitio. Este alojamiento se llamaba “la torrecita” y se comunicaba por otro por uno de sus lados;
ambos edificios se unían por una escalera interior.

Era la 1 de la mañana cuando, guiada por los municipales medio dormidos, Maria Antonieta atravesó el jardin y penetró por primera vez en su vida en la planta baja de la torre, por donde era imprescindible pasar para llegar a las habitaciones ocupadas por Barthélémy. Mientras subía las altas gradas resbalosas de la escalera, pudo escuchar las voces aguardentosas de los centinelas que cantaban con feroz acento de mofa:

“Madame sube a la torre,
no se cuando bajará…”


Su corazón se oprimía al oír este refrán cuya crueldad los soldados no alcanzaban a percibir. Pero su emoción fue más fuerte aún cuando al llegar a los departamentos de Barthélémy encontró al delfín dormido en los brazos de Mme de Tourzel.

Maria Antonieta en el Temple es una nueva página, la segunda del tríptico de su dramático fin;
Maria Antonieta en el Temple era otra mujer. Ya no era reina;
era la madre y la esposa, tal como jamás fuera en otros tiempos. Ya no temía que Luís XVI perdiera su corona;
temía por la vida de su esposo. Ya no le importaba perder sus bienes, sólo pensaba en su amor. Los que la vieron en su vida de cautiva ¿podrían creer que algún día fuera frívola y ligera?



Pero la reina no sólo cambió moralmente;
la transformación de su físico era impresionante. Sin duda, siempre conservó esa nobleza que le era tan característica y que se ve hasta en el último dibujo de David;
pero parecía que el matiz azul de sus ojos, estaba algo velado, mas suave;
el delicado ovalo de su rostro cambió al hundirse sus mejillas bajo sus pómulos. Y era menos deslumbrante la blancura nacarada de su tez que por años había hechizado a toda la Corte. Mantenía su cabeza siempre erguida con esa majestad que se reflejaba en todos sus movimientos, pero se había borrado su altivez, y “el cuello griego” bajo el peso de la desgracia acentuó su curva delicada.

Maria Antonieta envejeció en 12 meses de cautiverio más que durante los 23 años de su reinado. Un cadejo de cabellos plateados reemplazó en su frente el emblema de su difunta realeza.

Porque la prisión del Temple estuvo marcada por cuatro trágicos acontecimientos respecto a la reina: la pérdida de sus amigos, la pérdida del rey, la pérdida del delfín, y, por fin, el fracaso de sus proyectos de evasión. Sobre los tres primeros, que le hirieron en lo más profundo de su corazón, contribuyeron para modificar la idea que los franceses se habían hecho de la reina.

Al abrigo de la fortaleza

Los primeros días se pasaron en “la torrecita” en una relativa calma. Al día siguiente de la encarcelación, reemplazaron el cerrojo que consideraron demasiado débil, por una enorme chapa que llevaron de las prisiones del Châtelet. La reina y Mme Royal ocupaban el primer piso. También estaba con ellas Mme Elisabeth, Mme de Tourzel y su hija, la princesa de Lamballe, Mmes Thibaut, Basire, Saint-Brice, Navarre. En el segundo piso se encontraban el rey y el delfín que lo compartían con los señores de Chamilly y François Hue, sus servidores. Según los relatos de un servidor muy abnegado a la causa real, Cléry, no parece que hayan sido muy desgraciados en los primeros tiempos que pasaron en el Temple.



Hasta cierto punto, la prisión les ofrecía una relativa seguridad después d las angustiosas jornadas del 20 de junio y del 10 de agosto, y las trágicas noches de las Tullerias y de los Feuillants.

Maria Antonieta sentía renacer la esperanza y aun conservaba intacta su fe en el porvenir…

En la noche del 19 al 20 de agosto se presentaron en el Temple dos municipales que tenían orden de llevarse a todas las personas que no formaban parte de la familia “Capeto”. ¿Era posible? ¿Tendrían la crueldad de separar de ellos a esos valientes cortesanos, de quitarles la última oportunidad de servir a sus desgraciados amos, suavizando un poco sus penas? No había nada que hacer. Las órdenes eran formales y no podían resistir. “Por lo menos, pensaba Maria Antonieta, ¡si pudiera conservar a la princesa de Lamballe!”

Y con esta intención dijo mostrando a la princesa:

¡Señores, les ruego que crean que esta persona es de mi familia!

Tiempo perdido para los municipales, la familia real se componía del rey, la reina, Mme Elisabeth, Mme royal y el delfín. Los adioses fueron breves pero muy emocionantes. Ya pueden imaginarse lo que seria para Mme de Tourzel, que estaba tan apegada al delfín, al que había cuidado desde 1789 en calidad de gobernanta y lo quería tiernamente. Con la partida de estas personas que le eran tan adictas comenzó para Maria Antonieta una nueva era de angustias. ¿Qué serie de desgracias para el porvenir presagiaba esta cruel separación? No porque gozaran en el Temple una semblanza de comodidad, de cierta seguridad, podían creerse al abrigo de un nuevo golpe de parte de los municipales. Por otra parte, como para excusar mejor los crímenes cuyo recuerdo jamás se borrará a través de los tiempos, la Comuna rodeó a los prisioneros de cierto bienestar material, y supo mostrarse generosa.

Pocas había salvado la familia real en el momento de la precipitada huida de las Tullerias. La reina llegó al Temple sin más bagaje que el que contenía cuatro camisas, cuatro enaguas, un peinador y algunos corpiños.



Las voluminosas memorias de los proveedores del Temple atestiguan que Maria Antonieta encargó, en los primeros meses de su cautiverio, abrigos de tafetán de Florencia, color “barro de Paris”, centenares de fichus, gorros de lino, zapatos, corpiños para “vestidos-camisa”, zapatillas chinescas y sombreros de castor… Parecía sorprendente. Y la misma generosidad demostró la Comuna para las provisiones de mesa, cuyas minutas eran, a veces más abundantes que las de las Tullerias. La comida se componía de tres sopas, cuatro entradas, seis clases de asado y otros tantos entremeses. Y si para la cena el número de entradas era menor, los asados y los entremeses eran los mismos.

Reclaman a la reina

El 3 de septiembre se encontraban reunidos en la habitación de la reina después de la comida. Mme Elisabeth leia en alta voz un libro interesante. El rey dormitaba. El delfín descansaba su rubia cabeza sobre las rodillas de su madre. La pieza, tapizada en “toile de Jouy” con motivos rosas sobre el fondo gris y sobriamente amoblada, no carecía de elegancia. ¡Eran un cuadro de la vida burguesa, que tanto agradaba a Chardin!



¡Un grito! Subían por la escalera que conducía al departamento de la reina. Apareció Cléry, con los ojos espantados, el rostro demacrado, la peluca despeinada. Entre sollozos quiso decir algo en lo que se mezclaba el nombre de Lamballe, de pica, y de camisa ensangrentada. Maria Antonieta no comprendió bien el motivo de esta interrupción poco cortés. Si Cléry hubiese estado un poco mas sereno, la reina se habría impuesto que esa noche la princesa había sido decapitada en La Force donde la habían conducido los municipales cuando la sacaron del Temple;
que un ebanista del barrio de Saint-Antoine, que era un soldado de la guarnición de Montreuil y un joven tambor del barrio de Halles, ebrios, habían arrastrado el cuerpo de la desgraciada tomándola por las pierna y así habían llegado con sus despojos hasta el Temple;
que otros los precedían llevando su cabeza ensartada en una pica, y también el corazón y sus entrañas;
y que cerraba el cortejo un muchacho de 14 años que mostraba con orgullo sus bigotes fabricados con un cadejo de la cabellera de la princesa.



Cuando llegaron al pie de la torre, todos pidieron que la reina se asomara a una de las ventanas. Como no lo hiciera, Cléry le suplicó que no se acercara y entonces uno de los asesinos comenzó a gritar:

¿No quiere asomarse? ¡Entonces le subiremos la cabeza de su Lamballe para que pueda besarla!

Maria Antonieta sólo escuchó esta última frase de tan innoble reflexión;
palideció de angustia, pero no podía creer que… Al demostrase sorprendida de tanto griterío y agitación avanzó hacia ella un municipal y dijo burlón:

Le traían la cabeza de la Lamballe para que viera como se venga el pueblo de los tiranos.

Pero su voz se apagó en un balbuceo difuso. La reina se había desmayado…

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Sáb Ago 23, 2008 5:24 am

El proceso del rey

A fines de septiembre se estaban terminando los trabajos en la torre principal. La planta baja y el primer piso lo reservaron para los ocho oficiales municipales, cuatro de los cuales se cambiaban todas las noches, y para el cuerpo de guardia. La Comuna decidió que el rey y el delfín ocuparían el segundo piso, Maria Antonieta, Mme Elisabeth, Mme Royal el tercero. Por fuera, los obreros terminaban un muro de varios metros de altura que debía circundar el torreón.

Los departamentos de Maria Antonieta no estarían listos hasta el 26 de octubre, un mes después de los del rey. La razón de este atraso se debía a que deseaban que los de la reina fueran más confortables: le hicieron instalar una tina, lo que representaba un raro lujo en esa época. Tampoco habían olvidado su afición por la música, y después de la tina, izaron con gran trabajo un clavecín.



La noche del 26 de octubre, Maria Antonieta subió la escalera de caracol de la torre y atravesó las doce ventanillas sucesivas que entre la planta baja y el tercer piso constituían otros tantos obstáculos propios para enfriar en los prisioneros cualquier esperanza de evasión. Por ultimo, en cada descanso de la escalera, dos pesadas puertas con gruesos cerrojos de hierro muy complicados imprimían a la torre su verdadero carácter de prisión.

Cuando entró en su pieza por primera vez, la reina se acercó al clavecín, se sentó en un pequeño taburete y levantando la cubierta de fina marquetería, comenzó a tocar. Cantaba también, pero según cuenta Cléry, sus canciones eran muy tristes…

Después de perder a su amiga mas querida en condiciones tan atroces como las que hemos relatado, Maria Antonieta tuvo que lamentar otra no menos dolorosa: la de Luís. Estaba previsto que la revolución no seguiría siempre por un camino tan fácil;
pero la reina no se imaginaba lo que el aguardaba. El caso del rey había quedado “en suspenso” desde el principio de su encarcelamiento. Este estado de cosas era solamente provisional. Hasta los días decisivos del proceso todo se podía temer y esperarlo todo. En el fondo de si misma, Maria Antonieta creía que se pronunciaría por la pérdida de sus derechos reales, que era la única pena que contemplaba la Constitución.



El viernes 7 de diciembre, Luís XVI le anunció que el proceso comenzaría dentro de cuatro días. El 11 de diciembre, el rey fue llevado a la Convención. A la Comuna del 10 de agosto había reemplazado una municipalidad provisional, muy mal dispuesta hacia la familia Capeto. Los nuevos comisarios dejaban que los guardias se burlaran abiertamente de Maria Antonieta. Las murallas se veían cubiertas de los letreros mas siniestros: “La guillotina es permanente y aguarda al tirano Luís XVI”. “Veto… la bailará”. Caricaturas que representaban al rey en el cadalso con esta leyenda: “Luís escupiendo en el saco”.

El conserje Tison lanzaba el humo de su pipa en el rostro de la reina, en medio de la risa de los guardias.

Estas pruebas agotaban a la desgraciada Maria Antonieta, que enflaqueció rápidamente. La ciudadana Roussel, tuvo que estrechar sus vestidos. Sin embargo, gracias a los cuidados esmerados de Cléry y de Turgy, pudo seguir todas las etapas del proceso. Por fin llegó el 20 de enero, día fatal. Pagado por un amigo de la reina, un vendedor de diarios estaba encargado de gritar bajo los muros del Temple el resumen de las noticias. “La Convención Nacional ha decretado para Luís Capeto la pena de muerte… la ejecución tendrá lugar dentro de las veinticuatro horas a contar de la notificación al prisionero”.

“¡Que se calle ese hombre!” Maria Antonieta sollozando pensaba que al día siguiente a las diez todo estaría consumado.



¿Dónde está la reina de la rosa de Mme Vigée-Lebrún? En su piececita del Temple, una Maria Antonieta desperada descubría toda la extensión de su infortunio. Por primera vez en su vida, sin duda, amó a Luís XVI. Durante los meses que le quedaban de vida, amó “al gordo de su marido”. La viuda excusó a la esposa de otrora. La trágica escena de adiós de un rey a su reina tuvo lugar en ese comedor que la luz avara de dos candelabros colocados sobre la mesa quería ser menos severa. Luís XVI tomó en sus manos la cabecita de ese niño que seria rey dentro de pocas horas:

Hijo mío, prométeme que jamás pensaras en vengar mi muerte. Y agregó: ¿Has oído lo que te he dicho? ¡Júrame que cumplirás las últimas voluntades de tu padre!

Maria Antonieta tomó las manos de Luís XVI:

Le aseguro, dijo el rey, que la veré mañana a las ocho.

¿Y porque no a las siete? Imploró Maria Antonieta.

¡Bien!, sea, mañana a las siete.

Uno de los guardias se dio cuenta que estaba embargado por una violenta emoción. ¿Se debilitaría ese rudo soldado? ¡Vamos! Mejor seria mirar hacia otro lado para no presenciar la desgarradora escena… Pero al mirar hacia el muro, vio dos sombras netamente destacadas, dos sombras que se convertían en una sola. Y se agrandaba, se agrandaba… Terrorífica efigie y cuan pesada para los hombros de los 361 diputados que votaron la muerte sin condición.



Después de una noche de insomnio, la reina se levantó muy temprano. Ya eran las siete pasadas y el rey no aprecia;
loa guardaba en vano. Su angustia se acrecentaba y levantaba los ojos sin cesar hacia el reloj que por una cruel ironía representaba “La fortuna y su rueda”. Ésta mecánica indiferencia era la que había escogido para marcar en el Temple la hora en que se caería la cabeza del rey… Se oyó una débil campana. El puntero más pequeño marcaba las 10 y el grande las 6. En el mismo instante, en una plaza se había erigido el repugnante cadalso, estalló una salva de artillería. Como un eco, se oyó el eco vibrante que partió desde los jardines de las Tullerias: “¡Viva la República!”



Había llegado el fin de la monarquía absoluta después de diez siglos de reinado: “Hijo de San Luís subid al cielo”.



La reina cayó desplomada sobre su lecho. “Se ahogaba de dolor, escribió Turgy. El joven príncipe lloró amargamente y Madame Royal gritaba desesperada…”

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Mar Ago 26, 2008 1:47 am

Nuevo proyecto de evasión

Durante los días que transcurrieron después de la muerte del rey, Maria Antonieta cayó en un estado de postración inquietante. Rehusaba hacer su paseo cotidiano, porque era preciso pasar frente a la puerta de Luís. Apenas probaba los guisos que le presentaban. Vestida de riguroso luto, era sólo una figura larga y delgada que daba lástima ver.



En ese momento entró en la historia un cierto Toulan a quien su piedad y según dicen, una secreta pasión por Maria Antonieta, lo decidieron a intentar lo imposible… una evasión.

Fue de los primeros que llegaron a las Tullerias con el arma empuñada y el odio en el corazón. Era un alma ardiente, espontánea, una cabeza arrebatada como el sol de su Provenza natal, pronta para triunfar en todo: en lo bueno y en lo malo.


Mascara de Luís XVI

Vio varias veces a Maria Antonieta en el Temple. Se sintió conquistado por su sonrisa desarmante, su voz tan suave… Bruscamente se volvió realista y bruscamente también elaboró un proyecto de evasión. ¿Era razonable? La idea no era tan absurda como puede parecer. El Temple sólo era una prisión ocasional y bastante mal guardada. Los centinelas no eran tan escrupulosos cono los facciosos que los pagaban. Cuando Toulan le hablo de hacerla evadir con sus hijos y Mme Elisabeth, Maria Antonieta sintió renacer en ella una pequeña esperanza. Presentía que un peligro amenazaba al delfín y esto la hacia aceptar tácitamente el proyecto. Pero deseaba prevenir al general Jarjaves, servidor enteramente abnegado por su causa. Envió a Toulan provisto de una carta de introducción.

“Confíe en el hombre que le hablará de parte mía al entregarle esta misiva. Conozco sus sentimientos que no han variado en estos cinco meses”

Con Jarjaves, espíritu metódico y prudente, tomó cuerpo el plan de evasión. Este último, a quien Toulan procuró todos los trastos que se usaban para encender las lámparas de la prisión, fue a visitar a Maria Antonieta con ese pretexto y le expuso el proyecto que habían concebido. Según él, era indispensable tener listos los otros dos hombres. Escogieron sin vacilar al valiente Turgy. Un tal Lepitre, que era municipal, fue el otro elegido. Este personaje, era cojo y juró que era un realista leal y que su adhesión era ilimitada. En realidad, lo que primaba en él era la esperanza de una fuerte remuneración.



He aquí el complot:

Maria Antonieta y su cuñada saldrían del Temple disfrazadas de guardias municipales. El delfín reemplazaría al encargado de la ropa que llevaban a lavar dentro de una gran cesta. Y Madame Royal, vestida con harapos, desempeñaría el papel de uno de los chicos que el “encendedor” llevaba todas las noches consigo cuando regresaba de su trabajo. Toulan era partidario de que una vez que hubieran pasado por la última ventanilla, subieran en una berlina que siguiendo por la ruta de Paris a Dieppe, las conduciría a un puerto donde embarcarían con destino a Inglaterra.

Maria Antonieta, que no había olvidado el fracaso de Varennes, era partidaria de ocupar tres coches. Esta idea prevaleció.


Guardia Nacional 1791

Entonces comenzó a vislumbrar cierta esperanza. Pero lo mismo que en Varennes, esta empresa fracasó por culpa de la lentitud. Lepitre había recibido ya un adelanto de 2.000 escudos;
empezó a mostrarse vacilante, tímido. Después de la traición de Dumouriez, la Comuna, que estaba desconfiada, rehusaba dar pasaportes. Jarjaves comenzó a dudar, le parecía muy arriesgado una fuga bajo disfraces, sobre todo por la cantidad de personas que tenían que tomar parte en la evasión. Y como al reina era la mas expuesta, le propuso que intentara sola la huida. Pero Maria Antonieta rechazó esta idea porque le parecía odioso abandonar a sus hijos. “Prefiero la muerte al remordimiento”, decía. Y el recado que mandó a Jarjaves cerró definitivamente el proyecto. “Hemos tenido un hermoso sueño, eso es todo. Pero hemos ganado mucho al comprobar una vez más su completa abnegación por mí. Mi confianza en usted es ilimitada. Pero solo me guía el interés por mi hijo, y por grande que fuera mi dicha al verme fuera de aquí no puedo aceptar separarme de él… “

Pocos meses después se esbozó otro complot, elaborado esta vez por el barón de Baltz, el mismo que trató de salvar al rey cuando lo conducían al cadalso. Cuando estuvo a punto de tener éxito, fracasó a causa de una traición.

Separación definitiva

Pero aun aguardaban días más crueles a Maria Antonieta. La noche del 3 de julio golpearon a su puerta. Eran los comisarios de la guardia montada. Uno de ellos avanzó hasta Maria Antonieta y leyó el decreto que tenia orden de ejecutar.



Al principio Maria Antonieta no comprendió. ¡No podía comprender! ¡Esta última decisión de los diputados le parecía demasiado inhumana! ¿Le iban a quitar a su hijo? Esta vez su instinto maternal se sublevó.

Tan pronto como los municipales se acercaron al lecho donde acababa de despertar el niño y quisieron tomarlo Maria Antonieta fue más rápida que ellos. Estrechó al delfín en sus brazos. Ante una resistencia tan frenética, los municipales, que durante un instante vacilaron, gruñeron diciendo que tenían que ejecutar la orden, y que usarían la violencia si la reina se obstinaba. El niño comenzó a llorar a gritos. Mas y mas desorientados, los guardias trataron de convencer a Maria Antonieta dándole algunas seguridades: “No le vamos a hacer daño alguno”, afirmaban. Como la madre rehusara siempre separarse de su hijo comenzaron a injuriarla y amenazarla.

Esta escena duró más de una hora. Por fin, vencida por tanto odio y mala fe, consintió en entregárselo.

Madame Royal ha relatado éste trágico momento:

“Cuando nos levantábamos y mi hermano estuvo vestido, mi madre lo entregó en manos de los municipales, bañado en lágrimas, como si hubiera previsto que jamás lo volvería a ver”.



Desde ese momento, Luís XVII se convirtió en el “pupilo” del zapatero Simón, quien había sido encargado de cuidarlo. Este nuevo preceptor desplegó una feroz energía en transformar al niño en un verdadero “sans culotte”. Jamás pudo imaginarse Maria Antonieta el cambio que se operó en su hijo, puesto que nunca mas pudo tenerlo en sus brazos ni siquiera hablarle.

El único consuelo que le quedaba era divisarlo de lejos, cuando un guardián lo hacia caminar por el sendero de ronda.



La tragedia del Temple tuvo su epilogo cuando un mes mas tarde, cuatro municipales rodeados de comisarios de la guardia, leyeron a Maria Antonieta la decisión que la trasladaban desde el Temple a la conserjería para ser enviada al tribunal extraordinario.

Maria Antonieta escuchó la lectura sin emocionarse;
después se levantó y ayudada por su hija y su cuñada comenzó a preparar el paquete con sus “harapos”. Cuando se iba a vestir, rogó a los municipales que al dejaran sola;
rehusaron. Maria Antonieta tuvo que cambiar sus ropas delante de ellos. En seguida exigieron que les entregara todos los pequeños objetos que tenia en su poder: tijeras, monedas con la efigie de Luís XVI y solo le dejaron un pañuelo de seda y un frasco de sales por temor “que se desmayara de debilidad”

Dijo adiós a sui hija, la besó, le infundió valor pidiéndole que cuidara de su salud. Confió sus hijos a Mme Elisabeth. Pero después de tantos sufrimientos sus lágrimas se habían agotado: Maria Antonieta ya no lloraba.



Sin volver la cabeza, salió de esta habitación que había sido la suya durante nueve meses. Pasó por última vez ante las ventanillas de los centinelas y pudo escuchar sus risas burlescas. Y por última vez, el infame Tisón le lanzó en el rostro el humo de su pipa.

Cuando llegó a la planta baja, la reina tuvo que aguardar que los municipales redactaran el proceso-verbal “para descargarse de la persona de la viuda Capeto”. Inmóvil, en el centro de la sala, con su escaso bulto de ropas a sus pies, la reina, que había perdido todo, también había perdido su belleza.

Cuando terminó el papeleo un municipal arrastró a Maria Antonieta, sin ninguna suavidad, hasta la última ventanilla. Empujada brutalmente, la reina golpeó su frente en el borde superior de la puerta. Temiendo haber ido demasiado lejos en la ejecución de esta consigna, le preguntó el municipal:

¿Se ha hecho daño?

¡Oh no! Respondió Maria Antonieta, sin siquiera llevarse la mano a su frente. ¡Ya nada puede hacerme daño!

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Vie Ago 29, 2008 3:16 am

LA CONSPIRACION DE LOS CLAVELES

En la Conserjería puede verse la celda de Maria Antonieta. Esta antigua “farmacia” parece actualmente el ángulo de un pasadizo. En esa época era estrecho y cerrada herméticamente. Maria Antonieta se encontraba en esa pieza incomoda, junto a la “enfermería”, que fue mas tarde la celda de Danton y después de Robespierre. La reina estaba muy bien custodiada: los gendarmes, en la puerta misma de la celda, veían todos sus movimientos y sus gestos. Muchas ventanillas la separaban de la libertad. ¿Qué falta pudo cometer la prisionera para merecer tal tratamiento?



En la noche del 1 al 2 de agosto, “la viuda Capeto” debía ponerse a la disposición del tribunal Revolucionario. La trasladaron a la Conserjería. Por una ironía del destino, estaba prisionera en la antigua mansión de los Capetos.

Pudo llevarse consigo algunos objetos personales, y en la primera celda que le designaron, su vida era aun soportable. Es verdad que estaba custodiada de cerca por los gendarmes;
pero Rosalía Larmoliére, sirvienta de los conserjes, que estaba encargada de su servicio, gozaba de toda su simpatía. A veces recibía una visita amistosa: la de Michonis, administrador de prisiones. Este es el hombre que le fue a buscar al Temple y la acompañó a la Conserjería. Era un personaje equivoco. Su pasado republicano era bastante turbio. Conspiró con Batz en 1793. Cuando se presentaba la ocasión, hacia uso de su influencia, para libertar algunos prisioneros. Y no hay duda que su intervención era eficaz: gracias a él, Alexandre Gousse de Rougeville (Caballero de la orden de San Luís, realista y, lo que es más, “caballero del puñal”), pudo salir de la prisión de las Madelonnettes, donde estaba encerrado por una denuncia de su querida.

Es de imaginarse que Michonis no era insensible a los argumentos constantes y sonantes. ¿Serian éstos los que lo impulsaban a mostrarse tan benevolente con la reina? Cierto es el caso que sus visitas eran bien recibidas. Trataba de consolar y darle ánimos a la desgraciada.

Mientras jugaban a los naipes, fumaban y charlaban, los gendarmes no prestaban mucha atención a estas conversaciones.

Tampoco desconfiaron cuando Michonis introdujo a algunos amigos, que estaban curiosos por ver a la ex reina en su celda (el pintor Pieur llevó su caballete) Hoy día nos parece increíble. Lo menos que puede decirse es que Michonis (si era verdad que sentía simpatía por Maria Antonieta), no tenía mucho tacto. Sin embargo, fue gracias a estas visitas que la prisionera concibió su última esperanza.

Dos claveles

El miércoles 28 de agosto, el administrador llegó con un visitante. Este joven, que tenia unos 32 años, era bajo y tenía el rostro marcado con huellas de la viruela. Llevaba en su solapa dos claveles. Al verlo, Maria Antonieta se emocionó, enrojeciendo bruscamente: lo había reconocido. Era un fiel realista, uno de aquellos que no la abandonaron ni el 20 de junio ni el 10 de agosto de 1792 (el mismo que el 20 de junio la llevó a la sala del Consejo para protegerla): El Caballero de Rougeville.


Caballero de Rougeville

La reina trató de disimular su emoción: los gendarmes iban y venían, entraban, salían, lo mismo que la ciudadana Harel, que había reemplazado a la ciudadana Larivière, demasiado anciana. ¿Y Michonis? ¿Había organizado este encuentro, o llevaba al caballero como simple curioso?

Rougeville hizo una seña a la reina, y lanzó algo tras la estufa. El gendarme que estaba de guardia, Gilbert, no vio nada. Michonis, se encontraba al fondo de la celda. Rápidamente el caballero deslizó al oído de la reina: “Boté mis claveles, recójalos”. Y salió con el administrador.

Entonces Maria Antonieta buscó un pretexto para distraer al gendarme que estaba con ella: le rogó que alcanzara a Michonis para que regresara y poder hacerle un reclamo acerca de sus alimentos. Tan pronto como el guardia volvió la espalda, la reina recogió las dos flores y se escondió tras un biombo. Entre los pétalos del primer clavel, había una cartita con estas palabras: “Mi protectora, jamás la abandonaré y buscaré el medio de demostrarle mi celo;
si necesita unos trescientos o cuatrocientos luises, encontraré el medio de llevárselos el viernes próximo”. En el segundo había un proyecto de evasión.

En los interrogatorios que procedieron cuando se descubrió el complot, nunca se habló del plan de evasión y por eso siempre en la historia se refieren a la “conspiración del clavel”

Cuando se impuso del mensaje, Maria Antonieta salió tras del biombo y aguardó. Un cuarto de hora mas tarde aparecieron nuevamente en la celda el administrador y el caballero. En seguida se eclipsó Michonis, dejando sólo a Rougeville. ¿Podría la reina hablar en secreto y rápidamente con su salvador? Cuando quedó sola con el gendarme Gilbert, rompió en pedazos la misiva y quiso contestarle. Como no tenia pluma, empleó un alfiler y claveteó el papel, dibujando estas palabras: “Tengo centinela de vista y no hablo con nadie, me confío en usted: iré”


Copia del papel que Maria Antonieta escribió a Rougevile

Este documento se ha conservado. Hay muchos facsímiles, pero el original se encuentra en los Archivos Nacionales. En su proceso, Maria Antonieta declaró: “Quise explicar que estaba con centinela de vista, que el peligro era demasiado grande y que no podía ni hablar ni escribir”. No dijo ni una palabra sobre “me confío en usted, iré”. Naturalmente tenia que defenderse. Pero de todos modos, el texto de la cartita puede ser discutido. Para que su misiva llegara a poder de Rougeville, Maria Antonieta tuvo que recurrir al gendarme. Era un buen hombre que muchas veces le llevaba flores. Decidió ponerlo en antecedentes del complot. Y le entregó su respuesta, para que la pusiera “en sus manos”, a Rougeville.

La misiva claveteada

Pero la carta cayó en manos de la ciudadana Richard. “Llevándola a un lado, dijo Gilbert, le entregué la misiva claveteada con el alfiler, contándole de lo que acababa de suceder”. El sargento de caballería Dufresne cuenta la escena de otro modo: “Por jugar, la mujer del conserje metió las manos en los bolsillos de Gilbert y le sacó algunos papeles, entre los que se encontraba la misiva”.

¡Sorprendente mala suerte! ¿Cuál es la verdad? Podemos imaginarnos cuán molesto se sentiría el gendarme con la compromitente cartita, ya fuera partidario o no de la reina.



Después de muchas alternativas, la ciudadana Richard decidió entregar el famoso papel a Michonis. Este hombre misterioso actuó entonces de un modo muy complicado. Su deber era entregarlo a su superior jerárquico;
pero no lo hizo. Pensó destruirlo, pero temió que la ciudadana Richard hablara del asunto y le pidieran que lo mostrara. Entonces se le ocurrió una idea: acribilló el papel a clavetazos de modo que lo dejó ilegible. Tal como se ve en la actualidad este documento nos da una idea de la nerviosidad del administrador.

Habiendo caído la misiva en manos de Michonis. Ésta volvía al campo de los “conspiradores” o por lo menos simpatizantes. Desde ese momento no puede dudarse de que tanto Michonis como el gendarme Gilbert estaban enterados del complot.

Los últimos preparativos

El 30 en la noche los centinelas apostados en las ventanillas pudieron ver nuevamente a un visitante conducido por Michonis. Era el mismo Rougeville. Deseoso de no llamar la atención por sus frecuentes visitas, tuvo la precaución de cambiar de indumentaria. Una vez en la celda, mostró la pequeña fortuna que llevaba consigo: un fajo de 10 mil libras y cuatrocientos luises de oro. Con este dinero comprarían a los guardias. Pero el caballero tuvo una decepción: la reina estaba muy abatida. Sus incesantes hemorragias, su angustia le provocaban frecuentes desmayos. Pero el audaz gentilhombre precipitó los preparativos y fijó la fecha para el dos de septiembre.

La evasión

El caballero de Rougeville ha hecho el relato de la evasión fracasada “in extremis”.

Michonis dijo que había recibido la orden de trasladar nuevamente a la “viuda Capeto” al Temple. Encontró este pretexto que justificaba la salida de la reina que debía efectuarse ante todo el mundo.

Rougeville fue puntual a la cita. En el patio aguardaba un coche con dos caballos ensillados. ¿Dónde llevará a la reina? La familia de Jarjaves, que siempre le fue fiel estaba al cabo del complot: Mme de Jarjaves aguardaba en gran secreto, la llegada de Maria Antonieta al castillo de Livry. La alojaría clandestinamente hasta poder hacerla llegar a Alemania. Los guardias, los centinelas, todos pagados, cerrarían los ojos.



Se abrió la puerta de la celda. Michonis anunció a la prisionera que la iban a trasladar. Salió Maria Antonieta. Para salvar las apariencias, Gilbert y Dufresne se pusieron uno a cada lado de ella, escoltándola. El pequeño grupo se dirigió hacia la salida y pasó ante las rejas. Pronto llegarían hasta la última ventanilla donde estaba el conserje. Atravesarían un pasadizo, bajarían unas cuantas gradas y llegarían al patio de Mayo. La libertad.

Pero súbitamente, ese cielo apenas divisado se vio atravesado por el brillo de una bayoneta. Al mismo tiempo se oyó un grito: “¡Alto! ¡No pasaran!” Rougeville ha relatado lo siguiente: “Solo teníamos que atravesar la puerta de la calle cuando uno de los guardias a quien yo le había dado 50 luises de oro, se interpuso amenazando a la reina”. Es fácil imaginarse el sobresalto de Rougeville. Miró el gendarme que se imponía, escrutó su rostro a la luz de la linterna y lo reconoció: “Uno de los guardias a quien le había dado 50 luises de oro”. “¿Era Gilbert? ¿Dufresne? ¿Otro? Jamás se sabrá la respuesta.



Se supone que la ciudadana Harel, que no quería a Maria Antonieta, presionó en el último momento para que fracasara el complot. En pocos minutos la desgraciada reina se vio reintegrada a su celda. No se daba bien cuenta de lo que había sucedido, ya que todo ocurrió de un modo tan brusco. Oyó cuando Michonis hizo valer su autoridad discutiendo con el gendarme recalcitrante, el que muy irreducible, le exigía la orden escrita Municipalidad

Rougeville se deslizó y corrió a refugiarse en casa de un amigo, el ciudadano Fontaine. Michonis fue a reunirse con él. Después los cómplices se separaron: Rougeville huyó y Michonis regresó a la Conserjería. ¡Como quien dice en la boca del lobo!. Pero ya se había acostumbrado a estas situaciones escabrosas. Ya había salido bien cuando se comprometió en la conspiración del barón de Batz.


Barón de Batz

Al día siguiente el gendarme Gilbert, comprendiendo que estaba demasiado mezclado en el asunto, redactó un informe al coronel Du Mesnil. ¡Con cinco o seis días de atraso!

Epilogo lamentable

El descubrimiento del complot cayó como una bomba. Interrogaron a todos los que se supone habían participado en él. Salvo a uno: Rougeville. El gentilhombre consiguió ocultarse en las canteras de yeso de Montmartre. Y poco tiempo después se dirigió a Bruselas.

El Comité de la Seguridad encargó a tres personas de los interrogatorios que tendrían lugar en la Conserjeria: eran los diputados Amar, del Isère: Semestre, de Ille-et-Viliane, y el edecán Aigron.

Maria Antonieta negó haber reconocido a Rougeville y dijo que jamás había visto un clavel. Michonis reconoció que únicamente había conducido a la celda de la prisionera a “muchas personas llevadas por la curiosidad”. Pero la ciudadana Richard reveló la existencia de la misiva. Y Gilbert se dio el lujo de dar detalles abrumadores, aunque muy enredados. Entonces Maria Antonieta no pudo negar. Pero jamás citó el nombre de Rougeville. Declaró que no deseaba “comprometer ese particular”. Pero los investigadores se enteraron de su nombre. Naturalmente que le pusieron precio a su cabeza. La reina trató de disculpar a Michonis. Nuevamente interrogaron a éste, atenazándole a preguntas. Trató de salir bien, diciendo que no le había dado importancia a ese papel claveteado. Los diputados se impacientaron y declararon que “había que estar ciego o indiferente”. Lo detuvieron.



Los interrogatorios se prosiguieron hasta muy entrada la noche. Maria Antonieta estaba extenuada. Después, registraron la prisión. Y terminaron por encontrarle una celda que ofreciera mayor seguridad: la farmacia que tenía el ciudadano Lacour, al lado de la enfermería. Allí estuvo más vigilada. Desde el 14 de septiembre no conoció un instante de libertad;
a cada segundo y cualquier cosa que hiciera, tenía encima los ojos de los guardias. Solo la amistad de Rosalía la consoló hasta el último momento, y la compañía de su perrito. L e confiscaron los pocos objetos personales que aun conservaba. Le permitían leer y Maria Antonieta trató de aturdirse leyendo novelas de aventuras.

Ya sólo les quedaba dar por terminado el proceso.

La reina de Francia pagó muy caro su “ligereza, sus inconsecuencias, su poca capacidad que había contribuido a precipitar la catástrofe”. Este juicio severo es el de Napoleón I su sobrino.




Napoleón cuando casó con Maria Luisa, llamaba a Luís XVI y a Maria Antonieta sus tíos

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

Mensaje por Pedroro el Dom Ago 31, 2008 2:11 am

CAPITULO FINAL

El 2 de agosto de 1793, un decreto de la Convención ordenaba que compareciera la “viuda Capeto” ante el Tribunal Revolucionario y fuera trasladada sin dilación a la Conserjería. Cuando salió del Temple a las 2 de la mañana, le fue imposible ver otra vez a su hijo, de quien la habían separado hacia ya un mes. Después de rápidos adioses a su hija y a Madame Elisabeth, se encontró completamente sola;
la destrucción del núcleo familiar estaba terminada.



Por los pasadizos de la Conserjería se escucharon las fuertes pisadas de los guardias que escoltaban a la reina hasta la celda que le había sido preparada. Se podía ver en un lecho de tijeras con una frazada mediocre, un sillón, una palangana, una mesita y dos sillas. Claustración sórdida;
en la noche no la alumbraba ni una mísera bujía y en la oscuridad no le quedaba otro recurso a la desdichada reina que aguardar que encendieran los faroles para recibir la menguada luz de uno que había en el patio, frente a su ventana. Después se recostaba y trataba de dormitar.



¿En que pasaría sus largos días, ya que estaba en pie desde las 7 de la mañana? Le estaba prohibido coser. Pero como el conserje Richard tenía permiso para llevarle libros, ella pedía que eligieran relatos de lejanas expediciones;
seguía las aventuras del Capitán Cook, se interesaba por las narraciones de naufragios… Y oraba. Pudo recibir clandestinamente los consuelos y la asistencia de un sacerdote fiel. De todas sus actitudes emana una sencillez tan noble y un valor tan sereno, que aquellos a quienes les correspondía proveer a sus necesidades llegaron a experimentar un sentimiento de veneración hacia ella. La joven sirvienta Rosalía Larmolière ha declarado: “Experimentábamos una sensación de gran respeto desde que nos encontrábamos ante su puerta, y no nos atrevíamos acercarnos antes que ella no nos invitara con su dulce voz y su graciosa mirada… Su sensibilidad era extremada y nos agradecía hasta la más pequeña atención”. Cuando Richard hacia las compras: “Para nuestra reina”, le decían los comerciantes escogiendo las aves mejores o la fruta mas sabrosa. ¿Se veía sobre la mesita un ramillete de flores frescas? Era un obsequio de uno de los dos gendarmes que estaban de guardia en el dormitorio;
poco podía gozar de su perfume Maria Antonieta porque estos hombres, a pesar de su buena voluntad, olían a pipa y a vino ordinario.



Maria Antonieta conservó siempre un inmenso poder de seducción. Daba más con una mirada, con un gesto, que en los tiempos de su magnificencia. Tras los cerrojos de su miserable alojamiento de prisionera, victoriosa de ella misma, conquistó otra soberanía.

Había escondido un medallón bajo el corsé;
y cuando creía que nadie la veía, posaba sus labios llorando sobre el retrato y el bucle de cabellos de su hijo. Le quedaba aun su reloj. ¿Vería allí la hora de los jueces, de la libertad, de la condenación? ¿El tiempo seria aliado suyo o su adversario? “La reina no cree que va a ser juzgada, le susurraba Mme Richard a Rosalía. Conserva la esperanza de que sus parientes la vana reclamar;
me lo ha dicho con una franqueza encantadora. Si parte, usted Rosalía será su camarera;
seguramente, se la llevará”

Miradas hacia Viena

¿De que le servia la esperanza? En la furiosa tempestad que sacudió a Francia en el año 1793, la Revolución era una galera en peligro cuya armazón crujía por todas partes. Peligros en la frontera, revueltas en el interior del territorio, dictadura de los Jacobinos, asesinato de Marat, hambre en Paris: los acontecimientos se unían para excitar el frenesí de los hombres que estaban en el poder, colocados sobre el volcán de las pasiones populares exasperadas.


Leopoldo II

¿Se aprontaría la Convención para entregar a Maria Antonieta en manos del verdugo? Ella no lo podía creer aun, deseosa de negociar su libertad con Viena, la que pediría la libertad de una ex archiduquesa. Pero Viena no se preocupaba de ello. El propio hermano de Maria Anto0nieta, el emperador Leopoldo, rey de Bohemia y de Hungría, había pronunciado estas palabras: “Tengo una hermana en Francia;
pero Francia no es mi hermana”. Y el advenimiento de Francisco II, en 1791, no modificó este ambiente de cruel indiferencia. Los comisarios de la Convención, enviados a Dumouriez, que traicionaba la República, habían sido arrestados por los austriacos. Cuando la Convención propuso que fueran cambiados por la familia real. Viena se hizo la sorda. En este sentido, el traslado de la reina a la Conserjería fue un golpe dirigido directamente contra Austria. Danton, cuya política le sugería hincar otras conversaciones que podrían sellar un acuerdo, ya comenzaba a estar en desgracia, El Comité de Salvación Pública se impacientaba: se aproximaba el momento en que tendría que poner el punto final.


Barére

El 2 de septiembre a las 11 de la noche hubo una reunión secreta en casa de Pacha, Alcalde de Paris. Discutieron el caso de Maria Antonieta. El ambiente era muy tenso. Combon, que deseaba que se evitara una decisión fatal, recordó que aun estaba en negociaciones. Pero la tendencia era no aceptar otros plazos. Hérault, Barére, Jean-Bon Saint André, Hébert, se indignaron sentenciando con estas palabras:


Hébert

He prometido la cabeza de Maria Antonieta, si no me la dan pronto, iré yo mismo a cortársela. La he prometido en nombre de ustedes a los descamisados, que no cesan de pedirla… Todos pereceremos, pero mientras tanto vivamos para la venganza. Puede ser inmensa. Al morir, dejaremos los gérmenes a nuestros enemigos, y en Francia, una destrucción tan grande que jamás perecerá nuestro recuerdo.


Jean-Bon Saint André

Mientras tenían lugar estas discusiones, se descubrió la Conspiración del Clavel, últimas tentativa para arrancar a la reina de las garras de sus enemigos, lo que atrajo peligrosamente la atención pública sobre la viuda de Luís XVI. Cada día llegaban mas reclamos exigiendo para ella la pena de muerte. En la Conserjería reemplazaron a los Richard por el matrimonio Bault. Instalaron a la reina en una nueva celda, cuya puerta reforzaron y clausuraron las ventanas. Con la frente baja, los labios delgados, los ojos redondos bajo sus espesas cejas oscuras, un hombre vestido de negro irrumpía de improviso, tanto de día como de noche. Cuando aparecía de noche, obligaba levantarse a la desgraciada cautiva. Era Fouquier-Tinville. Registraba las pocas pertenencias de la reina y practicaba las pesquisas más minuciosas. Llegó el otoño;
los muros de la celda rezumaban humedad;
caían gruesos goterones desde el techo, que mojaban el piso;
noches insomnes en las que se contorsionaba un cuerpo enfermo, transido de frío.


Fouquier-Tinville

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Re: Vidas de reinas y princesas del pasado

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